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Viernes, 19 de Octubre de 2012 16:59

MIRAR “DESDE LA PERSPECTIVA DE MI HIJO”

por  Carla Vivanco
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Seguramente sabes que en el mundo las cosas se ven de una perspectiva diferente, dependiendo de la posición desde la cual se mire. Eso es obvio cuando se trata de objetos o paisajes. Sin embargo, no obstante podemos entender que se aplica también a las relaciones humanas, no es fácil identificar cuál es la perspectiva del otro respecto de la misma realidad que nosotros miramos.

Muy a menudo, parece que se estuviera parado en los zapatos del otro, pero en realidad se parece más a “cómo estaría yo parado allí”. Es decir: lo difícil es, en realidad, desprenderse de uno mismo, para saber cómo se siente y qué piensa el otro en el lugar donde se encuentra.

Esta capacidad que es favorable en todo ámbito humano, es imprescindible en la relación con los hijos. Mirar desde la perspectiva de ellos, permite a los padres, en primer lugar, comprender y dirigir sus atenciones y cuidados adecuadamente. Por ejemplo, el saber el significado de una pataleta, permite comprender que se trata de su necesidad de compañía, atención o consuelo, en vez de interpretarlo como “maña”. Por tanto, puede brindarle eso que necesita, lo que no ocurre si piensa que es una maña.

Son tantas las posibilidades que pueden acontecer a los hijos, que es necesario entrenarse en reflexionar. Desde el lugar de ellos, la vida se ve y se siente muy diferente. Un bebé de tres meses, por ejemplo, podría pensar: “Me da tanto frío cuando me sacan la ropa. Me meten a una bañera llena de agua. Tengo la sensación de caer cuando me meten allí, por eso alzo mis brazos y lloro para que me saquen; pero en vez de ello, mi mamá me habla y me sonríe. Me gusta su tono y su sonrisa, pero aunque sé que me dice algo bueno, aún no la entiendo”.

La segunda ventaja, es que disminuye la posibilidad de que el padre se quede atrapado en emociones equivocadas por malos entendidos. Por ejemplo, reconocer que la mala reacción de un hijo adolescente por la negativa de un permiso tiene que ver con su frustración y no algo que quiere hacer al padre. Si éste se quedara atrapado en la idea de que su hijo es un “mal educado, insolente y atrevido”, permanecería enojado y sería más difícil restaurar la relación y promover su calma, puesto que se sentirá pasado a llevar o disminuido en su autoridad. Por el contrario, si comprende lo que a su hijo le pasa, podrá ayudarle a comprender a él lo que siente (“sé que te sientes molesto y frustrado por no ir a esa fiesta”) y no tomará distancia porque comprenderá que su reacción no tenía en sí misma la intención de ofenderlo ni desautorizarlo.  

Podemos ejercitar la capacidad de mirar desde la perspectiva de los hijos con los siguientes ejemplos hipotéticos de pensamientos o sentimientos de los hijos en diversas situaciones y considerando incluso, los pensamientos de un hijo adulto, que aunque puede ser padre, sigue siendo hijo y requiere la misma comprensión.

  • Un bebé de 2 días podría pensar: “no hay ruido ahora, ni movimiento... tanta luz me molesta. Hay voces a lo lejos... voces tenues. No me siento apretado, me asusta tanto espacio. La ropa que me cubre me molesta y el cuerpo me pesa. Tengo un malestar en el estómago. Voy a llorar para avisar...”
  • Un niño de 2 años podría pensar: “me fascina mi juego de encajes, pero es tan difícil meter el rectángulo... nunca sé para que lado ponerlo. Me frustra tanto no poder terminar de meter todas las piezas que me enojo y lo tiro lejos. Pero cuando lo hago, mi mamá me dice que eso no se hace y pone voz de enojada. No lo puedo evitar, aún no sé como hacer lo que deseo y no controlo mis emociones”.
  • Un niño de 4 años podría decir: “mi mamá está con mi hermano en brazos. Le da pecho y lo acurruca. Mi papá me invita a jugar con él, pero yo no quiero dejar de estar con mi mamá. Pienso que en cualquier momento me deja de querer... es como que ya no quisiera estar conmigo. Preferiría ser pequeño de nuevo y chupar chupete, tal vez así, mamá estaría conmigo acurrucado”.
  • Un niño de 5 años podría decir: “he aprendido a ponerme solo los zapatos y estoy feliz. Lo malo es que no puedo practicar porque no siempre me dejan hacerlo. Mamá me distrae y lo hace ella más de prisa. Yo me enojo, pero a ella no le gusta que me enoje y me reta. Cuando mi mamá está tranquila y sin apuro, me deja hacerlo solo y si yo me enojo porque no me sale bien, ella me conforta y anima. ¿por qué a veces mi mamá se enojará con mi enojo y otras veces no? A veces no la entiendo ni la puedo predecir”.
  • Niño de 10 años: “me gusta mucho más, jugar que hacer tareas. A veces, me dan demasiadas y no alcanzo a jugar. En ocasiones no me doy cuenta y se me pasa el rato y me atraso con ellas. Mi papá me reta si llega a casa y no he terminado. Me dice “estudia”, pero yo no se bien como estudiar.
  • Adolescente de 14 años: “mis papás, a veces no me dan permiso para salir y yo no comparto sus razones. A ceses me dan argumentos, a veces otros. A veces, se justifican tanto que me confundo. A veces, si insisto, logro convencerlos y otras, si insisto, se enojan y me gritan. No los comprendo para nada y me hacen sentir una cabra chica”.
  • Adolescente de 22 años: “Cuando pido prestado el auto, me siento adulto e independiente. Me gusta que me den responsabilidades adultas, como ciertas compras o ir a buscar al abuelo. Sin embargo, a veces, estoy ocupado o sin ganas de hacerlo y me siento obligado. Si me niego, me reclaman y me dicen que no ayudo. Si lo hago, nadie lo nota ni lo agradece¨.
  • Adulto de 40 años: “me encanta que mis papás amen a mis hijos, sus nietos; pero parece que dejaron de ser mis padres para ser sólo abuelos. Me gustaría que ellos criticara menos mi estilo de crianza y me apoyaran más con la disciplina. Necesito más aliento y apoyo que regaños”.

Estos ejemplos grafican la variedad de pensamientos y sentimientos que pueden surgir desde las perspectivas de los hijos. Un padre llega a asimilarlas, si hace el esfuerzo consciente por reflexionar e identificar desde la experiencia de su hijo. Hacerlo así aporta infinitas posibilidades de comprensión, favorece relación, mejora la actitud y permite dar a los hijos con más propiedad aquello que necesitan.

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