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Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:16

COMPRENDIENDO Y AMANDO A MI ADOLESCENTE

por  Carla Vivanco
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Parece haber una brecha demasiado grande entre ese bebé que un día sostienen los padres en sus brazos mientras los mira dulcemente y ese adolescente que en el presente los aleja y los observa, furioso y desafiante. Ciertamente, parece que las características de los adolescentes dificultan el mirarlos con mayor ternura. Parecen huraños, agresivos, irritables, cambiantes, inestables, impredecibles… Totalmente lo opuesto de esos bebés que únicamente necesitan y buscan. A los padres no les parece fácil comprender a su adolescente y, mucho menos, saber cómo relacionarse con él (ella).

Lo que no resulta evidente, es que ese(a) adolescente “difícil” guarda en su interior tremendos dolores y tiene enormes necesidades. La etapa adolescente implica cambios físicos, hormonales, psicológicos y sociales tan trascendentes, que esta etapa resulta para ellos especialmente abrumadora. Tienen un cuerpo que cambia y desconocen, pero del que no se pueden deshacer; tienen las hormonas a mil, de modo que sienten que sus emociones se desbordan, como si entraran en un remolino de subidas y bajadas abruptas; deben concluir su sentido de identidad y despedirse del viejo niño(a) para comenzar a formar parte de este nuevo mundo adulto, con mas exigencias y responsabilidades; y tienen la presión incesante de su propia necesidad de ser aceptados y valorados por su grupo de pares, con todos los miedos y desafíos que esto implica. Todo esto conlleva un desafío inmenso para su cerebro, que está además realizando una prolija e intrincada labor de reconexiones neuronales antes de alcanzar la madurez definitiva.

Los padres pueden creer que sus hijos, que ya se ven grandes y fuertes, están listos para ser adultos y quizás esperen de ellos responsabilidad, coherencia, consistencia y comprensión; pero, en realidad, las muchas tareas pendientes y en proceso, inevitablemente los hacen ser como son. Les cuesta lidiar con ellos mismos, con el mundo y con aquellos padres a los que además deben abandonar como figura de amor y referente, para llegar a ser independientes. No pueden dejar de ser egocéntricos, temerarios y desafiantes. Está en su naturaleza. No es lo que quieren, es lo que pueden. Han adquirido mucho, pero les falta aún demasiado para ser adultos y responder como tales.

Los padres de adolescentes necesitan recordar que esos chicos “grandes” son por dentro semejantes a los bebés que recibieron un día. Necesitan poder leer lo que está detrás de su mal humor o de sus portazos, así como antes hubo que interpretar sus llantos. Detrás de un rechazo, quizás se encuentre una necesidad ambivalente: “te necesito pero no quiero que vengas”, “aléjate cuidándome”, “cuídame de lejos”. Detrás de una rabieta, puede esconderse la presión que los agobia, sus frustraciones, sus temores.

Un padre o una madre de un adolescente, necesita saber que este periodo difícil pasará y requiere de una paciencia estoica. Puede resultar hasta más desafiante y agotador que cuidar de un recién nacido; pero el resultado será maravilloso cuando la tormenta se calme.

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