El Trovador 4280 of. 1101, Las Condes, Santiago
METRO ESCUELA MILITAR
contacto@padrescreciendo.cl

Developed by JoomVision.com

banner-01.png banner-01.png

banner-02.png banner-02.png

banner-03.png banner-03.png

banner-04.png banner-04.png

banner-05-cuidadoras.png banner-05-cuidadoras.png

Suscríbete para recibir novedades

Queremos mantenerte informado de las promociones y actividades que a te interesan. Déjanos tus datos (podrás cancelar tu suscripción cuando quieras).

redes

twitter pc
     facebook pc     youtube pc 

Carla Vivanco

Carla Vivanco

Directora Fundadora

Magister en Psicología Clínica Universidad del Desarrollo, 2008.
Psicóloga Clínica, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1994.
Ejerce como Psicóloga Clínica en:

Consulta privada
Psicodiagnóstico y atención psicoterapéutica individual a adultos y adolescentes.
Asesoría clínica a padres y madres.

Charlas y Talleres psicoeducativos
Orientados a padres de niños preescolares, escolares y adolescentes realizadas en jardines infantiles, colegios, iglesias cristianas y otras instituciones.

Atención a Domicilio
Evaluaciones a niños y su sistema familiar, intervenciones de manejo y tratamiento Psicoterapéutico enfocado a los padres.

URL del sitio web:

Jueves, 29 de Septiembre de 2011 19:53

NIÑOS CON PRINCIPIOS Y VALORES

Como padres, tenemos la buena intención de trasmitir a nuestros hijos los principios y valores aceptados por nuestra sociedad, aquellos que les hagan más partícipes de la vida en grupo y que los haga sentir mejor adaptados. Disponemos para ellos, de un conjunto de métodos y toda clase de fórmulas que a su vez nos han enseñado a nosotros.
Sin embargo, es posible que nos olvidáramos que no sólo les trasmitimos a ellos aquellos valores y principios que hemos decidido que incorporen sino también, inadvertidamente, una serie de otros principios, valores y antivalores que ni siquiera imaginábamos que ellos recibirían. Ya antes de proponernos cualquier “enseñanza” ellos estaban aprendiendo algo, de nosotros como padres y también del medio y de todo y todos los que le rodean. Esta transmisión y cómo ellos la interpretan hará la diferencia en su vida respecto de su comportamiento, actitudes y formas en que ellos, a su vez, criarán a sus propios hijos.

1. DIMENSIONES     
1.1. Nuestra cultura y sociedad

Los seres humanos somos seres sociales y por el sólo hecho de nacer, pasamos a formar parte en forma automática de la sociedad, quedando sujetos a sus tradiciones, creencias, patrones de transmisión y modos de ejercer influencia. La sociedad nos afecta incluso desde antes del nacimiento puesto que las tradiciones y las creencias sobre el niño por nacer, el estado de embarazo y la mujer en cinta tienen un efecto sobre la salud física y psicológica del niño, así como en sus conductas futuras.

Después del nacimiento, al responder a sus necesidades de alimento, afecto, sueño, actividad y eliminación, los adultos conforman su comportamiento de acuerdo con las expectativas de la sociedad. Así el darle al niño la leche tibia o fría, o darle baños calientes, helados o tibios, o ser cuidado por el padre, madre, parientes o instituciones y otros tantos ejemplos, son pautas culturales. De este modo, siguiendo las formas culturalmente modeladas, los adultos responsables del bienestar del niño atienden sus necesidades de acuerdo a como éstas son definidas por la cultura y de acuerdo con los planes convencionales para satisfacerlas. Los niños quedan sujetos a las creencias de los adultos responsables; y dichas creencias forman parte de la cultura del grupo o subgrupo al que pertenece.

Para los antropólogos “cultura” significa la herencia social de la Humanidad, en tanto que “una cultura” quiere decir la totalidad de la herencia social de un determinado pueblo. Más específicamente, la “cultura” se puede definir como un conjunto integrado de creencias, valores, hábitos y maneras regulares de ser y de comportarse.

La sociedad asegura su permanencia, manteniendo su cultura y encargándose de que ella sea traspasada de generación en generación; para lo cual individuos o grupos deben hacerse responsables de que los más jóvenes sigan la educación. En nuestra sociedad, esta tarea está a cargo primeramente del grupo familiar, que está compuesto por padre, madre y hermanos. En segunda instancia, un sistema formal de educación se encarga de ponerlos al día en cuanto a los conocimientos y las pautas que deben incorporar. Otros sistemas, más informales (como la televisión y los vínculos con pares), pueden tener tanta o mayor relevancia o impacto en esta tarea.

El proceso de aprehender la cultura dura toda la vida y en él toman parte la imitación, la enseñanza verbal y la inferencia; dando cada sociedad mayor importancia a uno u otro. En nuestra cultura occidental se confiere mayor relevancia a la educación formal en oposición al aprendizaje informal y a la instrucción verbal; en oposición a la observación o a la imitación, más priorizado por la cultura oriental.     

1.2. Nuestra religión y humanidad

Parecen haber ciertos patrones valóricos comunes a toda la humanidad o, por lo menos, fuertemente generalizados. Dentro de ellos, podríamos pensar en el valor de la vida y la procreación, que lleva a nuestra especie a perpetuarse o el valor de la espiritualidad, que nos lleva a buscar y apoyarnos en valores más trascendentales. Sin embargo, se corre cierto riesgo al generalizar estos valores; porque basta pensar en la cultura Europea y su desinterés en la procreación, en la cultura bélica y su indiferencia ante la muerte y en la cultura materialista, para dudar y desconfiar de la prevalencia de ellos en todas las culturas y en todos los tiempos. De este modo, incluso los valores que parecemos tener incorporados sólo por ser seres humanos, pueden ser relativos en sus expresiones dentro de cada cultura y cambiar a través del tiempo.

Los valores humanos más generalizados y trascendentales, suelen estar incluidos en lo que llamamos “religión”. La religión o “visión de mundo” más extendida –y la que reconoce como propia la mayoría de nuestro país– es el cristianismo; que de hecho aporta a la gramática, al escribir Dios universalmente con mayúscula, entendiendo con ello una referencia al Dios supremo y una diferencia con otros dioses; el calendario, siendo universales los conceptos de fechas “Antes de Cristo” y “Después de Cristo”; la ciencia, haciendo una serie de postulados acerca de la creación del mundo y otros sucesos que en gran medida han sido aceptados por la comunidad científica; las leyes, proporcionando un claro código moral que hoy afecta las normas, sanciones y comportamientos aceptados por un gran número de culturas.

En nuestro país, los principios y valores que tenemos incorporados, están influidos de manera muy importante por el cristianismo y todo su conjunto de dogmas y creencias que, no obstante, la mayoría de las personas parecen no conocer de manera profunda, aún cuando se sientan identificados con esta categoría.     

1.3. Nuestro hogar de origen

En cada sociedad se encuentra algún sistema de costumbres sobre crianza infantil. Es un patrón universal de la cultura, que satisface la necesidad de proteger a los niños y proveerlos de cuanto necesiten.

En nuestra cultura occidental, los niños son atendidos dentro del sistema llamado familia. Ella es la encargada del cuidado general del niño y de su bienestar físico y psicológico. En el seno de la familia, los padres proveen a sus hijos de un ambiente seguro y estable donde pueden crecer y desarrollarse, los proveen de estimulación afectiva y cognitiva que los prepara para enfrentar el mundo y se encargan de transmitir las normas morales y éticas y las costumbres y hábitos que su cultura y subcultura validan y reconocen como propios, haciéndolos parte de ellas.

Cuando llegamos a ser padres, ya tenemos incorporados estos patrones. Según nuestro subgrupo hemos aprendido ciertas pautas de buena educación, modales para sentarnos a la mesa; hemos incorporado cierta idea del bien y del mal y hemos aprendido costumbres y tradiciones complejas, que van desde el modo de cocinar hasta la forma de atender a nuestros bebés. En forma más específica, en nuestro particular núcleo de hogar, incorporamos las sutilezas de estos patrones: saludar con “hola” o “buenos días”, poner o no los codos sobre la mesa, que sea malo robar una cartera a un transeúnte pero no lo sea sacar fotocopias sin permiso en la oficina, cocinar con muchos o pocos aliños, no hacer ruido mientras duerme el bebé, etc.

Sin darnos cuenta, el trato hacia nuestros niños estará influenciado fuertemente por lo que vimos, oímos e inferimos de nuestros padres y su relación con nosotros. Podemos llegar a “copiar” pautas tan cruciales para los niños como la forma de castigarlos, cuánto valoremos su excelencia académica o las expectativas que tengamos de la relación entre él y sus hermanos.     

1.4. Nuestra historia personal y nuestra verdad

No obstante el impacto y la fuerza de nuestra familia de origen en nuestros patrones aprendidos, nuestra capacidad intelectual y de reflexión nos permite aprehender más información, tanto del hogar como de otros medios. Conforme crecemos, vamos evaluando el comportamiento de nuestros padres y los comparamos con otros modelos semejantes. Leemos, vemos televisión, navegamos por internet y conocemos gente diferente y familias con otras pautas, llegando a tomar decisiones respecto de lo que nos parece aceptable para incorporar a nuestros esquemas de vida y lo que queremos dejar a un lado.

A nuestra conformación como seres individuales: el tiempo particular en que nacimos, la cultura y subculturas a las que pertenecemos, las pautas religiosas y morales que nos han transmitido, las tradiciones y costumbres familiares y la influencia directa de la forma de ser de nuestros padres; se van sumando nuestras experiencias personales. Los amigos que tuvimos de niños, alguna vergüenza, los castigos recibidos, las alabanzas dadas, una enfermedad, un accidente, una vivencia dolorosa, la casa de nuestra niñez, la influencia de nuestro grupo de pares, alguna experiencia espiritual sublime, la soledad de la adolescencia, manifestaciones de nuestra sexualidad, enamorarnos, vivir un desengaño, casarnos, el nacimiento de nuestros hijos, y tantas otras experiencias íntimas. Nuestra mente no alcanza a guardar todos estos recuerdos en los “primeros cajones”, necesita ponerlos en “cajas” y mandarlos a la “bodega”, pero desde allí también reclaman sus derechos y nunca nos abandonan. Ellos determinan nuestra forma de ver al mundo.     

1.5. Pareja de padres: Una Nueva Creación

Al formar nuestra propia familia, traemos toda nuestra individualidad genética, cultural, familiar y además, todas las cosas que están en los cajones y las cajas del sótano; pero a la nueva casa llegan dos y cada uno trae su propio equipaje, así que resulta necesario hacer espacio para las cosas de ambos y esto implicará hacer revisiones y adoptar una manera particular de ordenarlas.

Aunque en sentido figurado, esta idea es muy cierta, porque no se resuelve el problema con una simple suma, con sólo poner algunas cosas sobre otras. Cada miembro de la pareja tendrá su idea de la familia que quiere formar y de la forma de educar a los hijos y relacionarse con ellos; algunas veces habrá similitudes, pero otras veces serán marcadas las diferencias. Uno puede querer ser suave y amoroso al disciplinar y otro puede querer firmeza y estrictez; uno puede desear tener a los hijos muy cercanos y siempre atendidos y otro puede querer que aprendan a ser independientes y se las arreglen solos. La nueva familia que formen no será el resultado de la suma de ambos, sino que será una creación particular.

2. MODOS DE TRANSMISIÓN     

Intentamos transmitir a nuestros hijos lo mejor de nosotros, aquello que nos parece adecuado, educado, admirable, digno de ser imitado y bueno para ellos. No obstante, la intimidad de la familia, hace que seamos más sinceros y que nos comportemos de manera más espontánea y sin darnos cuenta, les transmitimos a ellos TODO lo que somos. Dicho de otro modo, ellos llegan a descubrir las cosas que guardábamos en los cajones y también abren a hurtadillas las cajas del sótano. De este modo, al igual que los hábitos, los principios y valores que nuestros hijos reciben de nosotros, les son transmitidos consciente e inconscientemente. Ellos aprehenden lo que les decimos, pero también lo que ven y lo que infieren de nosotros y nuestras actitudes.

Este proceso no ocurre sólo en casa, también ocurre en el colegio, en la iglesia (para los que participan en ella) y del medio ambiente en general. Así nuestros hijos, al igual que nosotros, llegan a ser el resultado de su cultura y subculturas, de su familia de origen y de sus propias experiencias, incorporando para sí los valores y principios que les sean revelados.

3. INSTANCIAS DE TRANSMISIÓN     
3.1. El hogar

Es el núcleo donde se desarrollan las experiencias más significativas para los niños y donde establecen las relaciones más estrechas. Constituye la fuente principal donde adquieren las pautas valóricas. En el seno del hogar, los cuidadores transmiten a los niños los valores en forma premeditada de acuerdo a sus objetivos; pero también en forma inadvertida comunican mucho más de lo que son conscientes.

3.1.1. En forma premeditada

3.1.1.1. Se educa verbalmente lo que se quiere

Enseñamos a nuestros hijos a no decir mentiras, a no robar, a cuidar de su vida y su salud, a respetar a los demás, etc. Tenemos nuestra propia escala, orden de prioridades y jerarquía para los valores y principios, pero nuestras ideas son semejantes a las de la mayoría de los padres chilenos.

Para transmitirlos utilizamos principalmente el lenguaje verbal, diciendo cosas como “los niños educados no hablan con la boca llena”, “no debes robar”, “es mejor decir siempre la verdad”, “debes lavarte los dientes después de cada comida”, “saluda a la señora”, “sólo cruza la calle por el semáforo peatonal en verde”, etc. Ya sean frases dichas en positivo o negativo, tienen la fuerza del deber y el impacto de las órdenes.

Cuando nuestros hijos van creciendo, les vamos explicando más acerca de las razones que motivaron esas peticiones: “la gente podría pensar que eres un mal educado si comes con la boca llena” o “se te podría caer la comida de la boca”, “si robas quitas a otro lo que le pertenece y se esforzó por adquirir” o “a las personas que lo hacen se las castiga en la cárcel”, etc. Así para nuestros hijos, los principios y valores van adquiriendo un sentido y los pueden incorporar como propios con más facilidad.     

3.1.1.2. Se modela seleccionando la propia conducta

Revelamos a nuestros hijos los principios y valores que deseamos, utilizando nuestra propia conducta para modelarlos. Cuando nos lo proponemos y ponemos en la mira lo que queremos transmitir, lo mostramos con el ejemplo. Procuramos comer adecuadamente en la mesa, pagamos la cuenta en el supermercado, le pedimos perdón si hemos lastimado a alguien, nos ponemos alcohol en una herida y no nos quejamos, etc. En forma premeditada, seleccionamos de nuestro repertorio de conductas aquellas que son adecuadas para mostrar a nuestros hijos y eliminamos (o intentamos eliminar) aquellas que “no serían un buen ejemplo”, por lo menos mientras ellos nos estén viendo.     

3.1.2. En forma inadvertida

3.1.2.1. Lo que se dice y cómo se dice

Una amplia gama de las cosas que verbalmente expresamos a nuestros hijos tienen un fuerte impacto en la formación de sus valores; pero no siempre nos damos cuenta de lo que estamos transmitiendo. La mayoría de las veces hablamos sin siquiera llegar a notar lo que hemos dicho. Un claro ejemplo es citado por McDowelll», mencionando que podemos llegar a estimular en nuestros hijos la falta de veracidad con preguntas como “¿lo rompiste tú?” “¿Le pegaste a tu hermanita?” porque al confrontarlos de esta manera es difícil que su mente infantil pueda responder verazmente. El autor recomienda que “para ayudarlos a formar el valor de la verdad en ellos deberíamos decirles con tono firme y serio, sin enojarnos, algo así como: “rompiste ese objeto ¿no es cierto?” o “¿por qué le pegaste a tu hermanita?”.

La mayoría de las veces los llevamos por el camino contrario al que quisiéramos y, sin darnos cuenta, los impulsamos a mentir (“dile que no estoy”), a esconder sus sentimientos (“no llores por esa tontería”), a rivalizar con sus hermanos (“sé educado, como tu hermano”), a ser egoísta (“no prestes este juguete porque te lo pueden romper”), a discriminar (“vas a invitar a la niñita más inquieta”) y otros tantos antivalores que tal vez hubiéramos querido evitar.     

3.1.2.2. El ejemplo (lo que se hace o deja de hacer)

Aún cuando pretendamos ser muy atentos y cuidadosos con nuestras conductas y actitudes, la mayor parte del tiempo, sólo somos NOSOTROS MISMOS. Esto quiere decir que nuestros hijos observan de nosotros no sólo lo que queremos mostrarles, sino también lo que no queremos. Por más que nos esforcemos en hablarles y decirles lo que es correcto, las lecciones de moral nunca alcanzan la fuerza de los ejemplos prácticos de la vida.

Nuestra conducta es la primera y más importante instancia para dar forma a los patrones valóricos de nuestros hijos, porque ellos –lo notemos o no– nos observan más minuciosamente y con mucha más frecuencia de lo que creemos y de lo que alcanzamos siquiera a imaginar. Podemos haber sido extremadamente cuidadosos al cruzar siempre la calle con los niños por el paso de cebra, pero puede bastar un descuido o el “creer que no nos ven” para que incorporen la idea de que eso está correcto también. Cada cosa que hagamos, cada cigarrillo fumado, cada promesa no cumplida, cada mentira piadosa, serán asimilados y guardados dentro de sus cajones personales. Del mismo modo, las cosas que no ordenamos, el día que nos dio flojera ducharnos, la disculpa no pedida, el favor no concedido... y cada cosa que dejemos de hacer, está quedando también registrada es sus pequeñas cabecitas.     

3.1.2.3. La conducta no verbal

Nuestro lenguaje no es sólo verbal; porque comunicamos algo en cada instante también con nuestros gestos, posturas y actitudes. En forma extremadamente sutil transmitimos a nuestros hijos lo que valoramos de ellos y de los demás, lo que nos agrada o no y lo que aceptamos o no. Para que nuestros hijos lo perciban, no necesitamos decirle a ellos (aunque es aún mejor si lo hacmos) que nos agrada que nos demuestren afecto; porque con nuestra cara ellos lo notan. Tampoco necesitamos decirles cuando reprobamos la acción de alguna persona, porque lo notan en nuestros gestos y actitudes.

Nuestra presencia en casa, la atención que les brindemos y la cercanía que con ellos mantengamos, serán fundamentales en su formación valórica. Al pasar tiempo en casa, les estamos diciendo que ellos son importantes; al ponernos felices con un dibujo improvisado, les estamos comunicando que valoramos su generosidad y talento; al acercarnos más cuando nos dice que estamos triste, le estamos comunicando que valoramos sus sentimientos y su apertura. En este aspecto, nosotros podemos hacer la gran diferencia en cuanto al sentido de valor de sí mismo que nuestros hijos alcancen.     

3.1.2.4. Los sentimientos y emociones

En el trato diario con nuestros hijos les comunicamos un sin número de sentimientos y emociones y detrás de cada uno de ellos, se esconden nuestros principios y nuestros valores. Así, manifestar nuestra tristeza con la noticia de una matanza de animales, denota amor hacia ellos; enojarnos cuando un amiguito grande le pega a uno pequeño, demuestra compasión y solidaridad con el más débil; alegrarnos por un día libre para compartir en casa con los niños, les reflejará nuestro valor por la familia.

Nuestros sentimientos y emociones también hablan por nosotros todo el tiempo. Puede que amemos mucho a nuestros hijos, pero si la mayor parte del tiempo nos mostramos enojados, ellos estarán recibiendo el antivalor de la frustración, el descontento, la falta de realización, o incluso la sensación de “no poder hacer feliz a papá(mamá)”, lo que está directamente relacionado con su valoración personal. “Lo que el niño piense, valore, sienta, sueñe, espere, tema o imagine, dependerá de los pensamientos, valores, sentimientos, sueños, esperanzas, temores y expectativas de sus padres” »

Como dice McDowell», los padres pueden beneficiar más a sus hijos si ellos mismos están viviendo una vida sana y realizada; porque cuando en su vida hay vaciedad, aburrimiento o resentimiento, es seguro que lo proyectan “infectando” a los que los rodean. Si los padres tienen desafíos personales, tienen buenas amistades y enfocan su energía en hacer algo productivo, serán un ejemplo más positivo para que sus hijos sigan.     

3.1.2.5. El trato con los demás

Nuestro modo de relacionarnos con las personas y de enfrentar situaciones sociales, dan la pauta a nuestross hijos para incorporar sus propios esquemas de conducta social. Podemos trasmitirles la consideración por los demás o el individualismo, actitudes de aceptación o prejuicio frente a los que son diferentes, el altruismo o la generosidad, etc. Sin que lo notáramos, él aprendió de nosotros cuando ayudamos a un ciego a cruzar la calle en vez de cruzar solos, cuando invitamos a jugar al hijo de la nana en vez de excluirlo, cuando regalamos nuestro emparedado al pobre de la esquina en vez de esconderlo, cuando nos detuvimos a ayudar a alguien con el auto descompuesto en vez de seguir de largo, cuando auxiliamos a un amigo en vez de dormir la siesta. También lo aprenden si no lo hacemos.

Es igualmente importante el trato en casa, con nuestra pareja y los demás hermanos. Comentarios imprudentes relacionados con lo infeliz que somos cuando estamos en la casa o referencias a estar solo(a), o libre, o separado(a), le trasmiten la idea de infelicidad con la familia; cuando hacemos comentarios despectivos acerca de nuestra pareja, el niño puede comenzar a desvalorizar el buen trato y a olvidar la importancia del respeto. Podemos no estar considerando las opiniones de nuestros hijos, estar esperando que otros nos sirvan en la mesa y otras actitudes inconscientes que transmiten mucho.     

3.1.2.6. Lo que se valida o invalida

Hay aspectos en nuestra vida a los que damos importancia y otros a los que no, y actitudes o conductas que valoramos y otras que no. Aquello que nosotros validamos o invalidamos de nuestra relación de pareja, de la paternidad (maternidad), de la vida y de otras personas, ayudará a formar los esquemas valóricos de nuestros hijos.

Por ejemplo, las madres, más que ninguna otra persona, determinan cómo sus hijos verán a su padre; apoyando sus acciones o socavando su autoridad y haciéndolo parecer incompetente ante los ojos de sus hijos. De igual modo, el padre determinará cómo los hijos vean a su madre, valorando lo que ella hace o menospreciándola y haciéndola parecer menos importante que él delante de sus hijos. En definitiva, sea cual sea lo que valoremos o no de nuestra pareja, ello estará directamente relacionado con la forma en que nuestros hijos vean y traten a sus respectivas parejas.

Con respecto a tus hijos, ¿Qué validamos e invalidamos en ellos? ¿Qué valoras de ellos? ¿Las calificaciones? ¿La apariencia? ¿La compasión? ¿La obediencia?. Y luego ¿qué validamos o invalidamos de la vida? ¿Los deportes» ¿El éxito? ¿La fama? ¿El dinero?». Todo ello será información para nuestros hijos.     

3.2. El jardín o colegio

Después del hogar, la instancia del jardín o colegio, constituye la segunda fuente de formación valórica. Pasan gran parte del día en el establecimiento y, en ocasiones, hasta más tiempo que en casa durante la semana.

3.2.1. En forma premeditada

Las personas que han formado una institución educativa tienen sus propios esquemas valóricos y éstos, por lo general, son parte fundamental del marco en que se desarrolla la estructura y el trabajo diario en sí. Existe una concepción de niño, de mundo, de familia; existen objetivos planteados y hay una idea de lo que se desea conseguir del trabajo con los niños. Cualquiera sean estos principios básicos, generalmente influyen en el marco teórico, la selección del personal, el organigrama, la definición de roles y en cada una de las actividades que se realicen.

En el caso de los jardines infantiles que, por lo general, no están suscritos a un marco valórico particular (como los colegios católicos, evangélicos, judíos, etc.), la transmisión de valores está sujeta a los principios de sus formadores y líderes y queda a cargo de las personas que mantienen contacto directo con los niños (las tías, auxiliares y personal de aseo). Habrá ideas generales que sean explícitas y abiertamente promovidas, como el respeto, el valor de la verdad u otras; algunas de ellas serán compartidas por todos y otras no. Sin embargo, el trato diario con los niños conlleva un vínculo muy estrecho en el cual, en forma natural, se enfrenta a diario el tema de los valores.

Las personas que se relacionan con los niños, en forma consciente, los educan a través del lenguaje y modelan en ellos conductas individuales y sociales deseables; según lo que la institución valora y norma y también según los parámetros personales que ellos tengan.     

3.2.2. En forma inadvertida

Los valores se van traspasando a los niños imperceptiblemente. Ellos pueden evidenciarse en la misma estructura del establecimiento: la oficina de la directora, salas de reunión, paneles en paredes, decoración, inmobiliario, etc.; el funcionamiento: las reuniones internas y con los padres, evaluación de los niños, horario, vacaciones, días libres, equipos de trabajo, talleres, charlas, etc.; las rutinas diarias: colaciones o almuerzos, aseo personal, música, canto, trabajo manual, tiempo estructurado v/s tiempo libre, recreos, etc.

Por otro lado, los educadores y auxiliares son modelos frente a los niños y éstos aprehenden su modo de ser y lo que valoran. Puede ser muy significativo lo que ellos validen e invaliden de los niños y el trato que tengan con ellos, con sus padres y con las otras personas que allí trabajen.     

3.3. La familia extensa

Cada miembro de la familia extensa tiene su propio marco valórico y, más tarde o más temprano, nuestros hijos tendrán la oportunidad de evidenciar referencias particulares, como por ejemplo, las ideas anti-matrimonio de un primo soltero, las quejas de la vida de una tía depresiva, el extremismo político del abuelo, el pelo largo del pololo de la hermana, etc.

Es posible que muchos de estos valores sean parecidos a los nuestros o, al menos compatibles, pero también puede suceder, que algunos de ellos tengan grandes diferencias o incluso lleguen a ser incompatibles con los de la familia nuclear. ¿Qué se puede hacer con el hermano mitómano, la tía alcohólica o el primo avaro» En estos casos, podríamos expresar a los niños de manera franca y abierta, las diferencias y lo que para su familia será importante y los que no. No obstante, aún después de las conversaciones pertinentes con los niños y con los mismos familiares, ellos seguirán en contacto con nuetros hijos y revelarán a ellos consciente o inconscientemente sus convicciones personales, que pasarán a formar parte del repertorio de sus experiencias personales.     

3.4. La iglesia

Un porcentaje importante de chilenos se encuentra vinculado a alguna institución religiosa como la iglesia local, colegios religiosos o entidades de formación superior y participan de sus actividades en forma regular, asistiendo a reuniones, misas, cultos, catequesis, retiros, peregrinaciones u otras.

Los niños que acompañan a sus padres (o participan personalmente) en estas actividades, reciben explícitamente todo el marco valórico que está a la base de aquella institución. Así, son educados en sus creencias específicas y modelados sus modos de relación y su conducta en torno a las expectativas que de ellos se tengan. Así un niño judío será fuertemente instruido en el hogar en las leyes de Dios; asistirá a la sinagoga a conocer de los planes de Dios para él y su pueblo, memorizará versículos del Torá y celebrará a los 13 años el Bar Mitsva, pasando a ser un miembro formal de la comunidad judía; un niño católico aprenderá a rezar el Padre Nuestro y el Ave María, aprenderá canciones, participará de los Scouts y se formará dos años hasta hacer su Primera Comunión; un niño Anglicano aprenderá a cantar alabanzas, leerá la Biblia, participará de los cultos y del Club de Jesús, recibirá con sus padres la Santa Cena y a los 10 años hará el ENE (Encuentro de Niños en el Espíritu).

Cualquiera sea el caso, además de aprender los aspectos formales de su religión (o la de sus padres), incorporará también las sutilezas de lo que ve , lo que supone y lo que infiere. Aprehenderá los valores implícitos en los rituales, la forma en que la gente se expresa, cómo se vistan y cómo se traten.     

3.5. El ambiente

3.5.1. Medios de comunicación masiva

Los medios de comunicación masivos (televisión, música, videos, revistas, internet), resultan ser una de las más poderosas influencias en la formación de sus creencias, principios y esquemas de valor. La fuerte seducción de las imágenes y/o de los sonidos, las convierte en irresistibles para los niños, especialmente en la televisión, a la que se suma un lenguaje mudo y hasta casi subliminal que traspasa las fronteras de las barreras personales de defensa ante los estímulos. Así nuestros hijos quedan peligrosamente expuestos a recibir de ellos, todo cuanto éstos les revelen, sin poder filtrar la información.

Muchos niños chilenos dedican a ver la televisión más horas que las que dedican a cualquier otra actividad, exceptuando el dormir y esto puede ser peligroso, porque como dijo Nicholas Johnson», “toda la televisión es televisión educativa”. Los estudios al respecto parecen demostrarlo; por lo tanto, es importante saber “qué es lo que se les está enseñando”, como agrega el mismo autor.

Se ha demostrado que los programas de televisión, incluso sus comerciales, noticieros y avisos sinópticos, están altamente cargados de escenas de violencia. Numerosas investigaciones han indagado en la relación que existe entre la exposición a la violencia y los resultados en la conducta manifiesta. Las conclusiones han sido devastadoras e increíblemente consistentes. Los estudiosos de la conducta afirman que “la contemplación de modelos agresivos en la televisión conduce, en efecto, a un aumento de la conducta agresiva en los niños”. Otras investigaciones llevaron a la conclusión de que “la televisión puede tener un efecto acumulativo de largo plazo, que se pone de manifiesto con el transcurso del tiempo”. Se ha planteado también que “el ver violencia en la televisión reduce también la frecuencia de conductas como el autocontrol, tolerancia a la frustración, cooperación, ayuda, compartir, constructividad social e interacción social amistosa”. »

El caso de la violencia en relación a la agresión en los niños parece dramático, pero la televisión no sólo presenta violencia; sino que también está llena de otros antivalores. Les enseña a los niños el egoísmo, la competitividad, el consumismo, el individualismo, la mentira; les enseña que luchen y ganen, aún desconociendo la meta; les enseña a conseguir fines sin considerar ni importar cómo lleguen a ellos; los despierta a la sexualidad muy tempranamente y deforma el concepto de ella.

Sin embargo, del mismo modo como los personajes de la televisión sirven como modelos de agresión y otros antivalores, también pueden modelar buenas conductas. De hecho las investigaciones así también lo han confirmado. La exposición a programas pro-sociales de la televisión tiende a producir cambios positivos y perdurables en la conducta de los niños, como una mayor persistencia en la realización de tareas y un aumento en la capacidad de tolerar demoras, un incremento de la obediencia a las reglas y una mayor frecuencia de conductas de cooperación, simpatía y expresión de los propios sentimientos.

En resumen, el impacto de la televisión puede ser profundo y duradero y “de acuerdo a las personas y los acontecimientos retratados y la conducta modelada, los efectos pueden ser positivos y realzar la actividad prosocial, o negativos y reducir la conducta prosocial y fomentar la antisocial”». De ello se desprende la importancia de nuestro cuidado a la hora de permitir la exposición de nuestros hijos a la televisión y a los medios de comunicación masivos en general.

La música que nuestros hijos escuchan, las páginas de internet que visitan, los programas radiales que atienden, las revistas que leen; todos, traen explícitos e implícitos valores y antivalores y resultan ser un bombardeo permanente que nuestros hijos no siempre son capaces de filtrar.     

3.5.2. Amistades

En la etapa preescolar, los vínculos que el niño establece no se pueden considerar de “amistad” en el estricto sentido de la palabra, más bien son compañeros de juego. Sin embargo, los niños incorporan también los comportamientos que sus amigos reflejan y, lo que es más importante, son impulsados a reaccionar ante ellos, utilizando unas u otras conductas de su repertorio. Por ejemplo, un amiguito agresivo, puede a inducir en nuestro hijo conductas de defensa y probablemente también agresivas y lo hará más propenso a buscar pelea; una amiga inquieta y con alto nivel de actividad, provocará que nuestro hijo se muestre más inquieto; un vecino egoísta lo llevará a no querer prestar sus juguetes también. Estas conductas, probablemente sean transitorias, pero pueden llegar a ser más duraderas dependiendo de la fuerza del modelo y de las características particulares de nuestro hijo.

Al avanzar en edad, los amigos se convierten en centrales y sus opiniones y pensamientos pasan a ser considerados. Si los valores que ellos aportan se oponen a los de la familia nuclear o los propios, surgirá una pugna interna. Su resolución dependerá de las características del niño, de sus propias convicciones y del apego y apoyo que encuentre en el hogar.     

3.5.3. Nanas

En nuestro país, con la inmensa cantidad de madres que trabajan, los niños quedan frecuentemente a cargo de jardines infantiles y/o de nanas. El Jardín Infantil es una institución sólida, que tiene cierto resguardo en cuanto a la elección de personal y las actividades que se realicen. Las personas que están a cargo de los niños tienen un buen nivel educacional, manejan la teoría de todo lo relacionado con el desarrollo infantil y sus necesidades y tienen la experiencia del trabajo con niños y, muchas veces, de sus propios hijos.

Sin embargo, las nanas, por lo general no tienen la educación media e incluso básica terminada; muchas veces no tienen experiencia con niños ni han sido madres. Ellas pueden ser cariñosas y dedicadas, pero para ellas, el cuidado del niño es una tarea más dentro de las otras muchas que realizan. Pueden fácilmente sentirse cansadas, frustradas y pueden llegar a manifestar estos sentimientos al niño, explícita o implícitamente.

Súmese a esto la diferencia cultural y socio económica, que puede implicar que ellas tengan un esquema de valores y principios diferentes a los que deseamos promover. Tal vez ellas sean machistas y tiendan a marcar diferencias en la crianza de niños y niñas; suelan “poner” muy a menudo a los niños frente al televisor; les hablen con menos frecuencia y con un vocabulario más pobre; los sobreprotejan o esperen de ellos demasiado y hasta pueden encontrar válido el educar castigando o golpeando a los niños.

Dado que pasan mucho tiempo con los niños y que pueden llegar a ser figuras altamente “significativas” para ellos, conviene conocerlas bien. En el momento de contratar una nana, más importante que preguntarle si sabe cocinar o qué días de salida prefiere, sería hacerle un extenso cuestionario de su forma de ser. No resulta trivial averiguar qué piensa de la vida, de los niños y de la educación, conocer sus expectativas y sueños y saber qué valora.     

3.5.4. Visitas a otras casas

Los niños son capaces de captar las sutilezas de otros estilos de vida ajenos al suyo y sus impresiones se van haciendo parte de sus experiencias y recuerdos. Cuando van a casa de gente que nos resulta familiar, seguramente conocemos los aspectos preponderantes de sus costumbres. Sin embargo, en algún momento los niños empiezan a visitar otras casas de compañeros o vecinos, que tal vez no conocemos tanto. Entonces se hace relevante nuestra comunicación con ellos para que nos cuenten, para saber lo que van viviendo y cómo lo van procesando e incorporando a sus esquemas personales.

Aún cuando esto pueda resultar “peligroso”, la mejor solución no es prohibirle a los niños visitar otras casas. Más bien, sería el momento de confiar en ellos –según su edad-, en la formación que les hemos dado y en la intimidad del vínculo que hemos creado. Si todo marcha bien, esta influencia puede no llegar a ser significativa, porque lo bueno que vean será refuerzo para lo vivido en casa y lo malo que puedan ver, será insignificante comparado con la fuerza de los valores inculcados en el hogar.     

4. CRISIS     

Algunas veces, nos daremos cuenta de que nuestros hijos no aprenden lo que queremos y aprenden lo que no queremos. Cuando esto sucede, es altamente probable que estemos frente a un problema en la transmisión de los principios y valores a nuestros niños. Podemos encontrar por lo menos 5 situaciones de crisis:

4.1. Discrepancia entre dos ámbitos de la vida del niño

Cuando el niño es expuesto a dos ambientes cuyo marco valórico es discrepante (distinto u opuesto), se producen en él sentimientos ambivalentes y se confunden sus apreciaciones. El caso más radical y habitual es la elección de colegio. Son muchos los niños que van a colegios católicos y tienen padres no creyentes o que van a colegios laicos y su familia profesa alguna religión particular. Sin embargo, también se observan problemas en las sutiles -pero fundamentales- diferencias con otros miembros de la familia extensa, sus amigos, las nanas o la institución que esté a cargo de su cuidado. Puede ser que los padres decidan no dar dulces a los niños, pero la tía les da; puede ser que los padres no fumen, pero sí los abuelos; puede ser que los padres impongan ciertos límites de conducta que otro familiar contraríe. A veces, las diferencias entre los “mundos” que capta el niño, pueden ser lo suficientemente contradictorias para crear en ellos un conflicto.

El niño pequeño no filtrará ni se cuestionará la información que recibe, pero conforme aumenten sus capacidades intelectuales, tenderá a adoptar esquemas con cierta “capacidad de elección”, que por cierto es relativa; porque cierta información llega por vías inconscientes y es altamente poderosa, como es el caso de la televisión. En algunos temas, la mencionada “capacidad de elección”, llevará al niño a mantener los principios y valores de mayor jerarquía, siendo el hogar de origen el más relevante. Luego, según el caso particular, probablemente primarán en importancia los ambientes en los que el niño pase mayor tiempo o que sean más significativos para él.     

4.2. Desacuerdo entre los padres

Con toda seguridad, lo más conflictivo y doloroso para el niño es que sus padres estén en desacuerdo en los principios y valores que les intentan transmitir. Pueden existir las mismas diferencias que con los otros “mundos”; pero la diferencia es que aquí ambos, padre y madre, son “el” mundo del niño. Los padres representan toda su seguridad, su nexo con el mundo, su contacto con la realidad. Los niños lo ven todo a través de los ojos de sus padres. Si ellos le muestran satisfacción, ellos llegarán a sentirla y lo mismo con la frustración, la alegría y todos los otros sentimientos.

En ocasiones, los padres no comparten su visión de las cosas y no opinan igual. En realidad, no es relevante que lo lleguen a hacer. Bastaría con que fueran capaces de expresar a los niños esas diferencias con claridad y lograran transmitir sus fundamentos. El niño podría llegar a enriquecer su vida y sus percepciones, sería capaz de mirar las cosas con más perspectiva y sería más tolerante con las diferencias entre las personas.

Si los padres no lo logran y llegan a pelear por esas diferencias, estarán reflejando que ellos mismos no se aceptan ni se toleran. ¿Cómo podría el niño aceptar entonces a “otros” diferentes de él» Si además, intentan que el niño tome partido con alguno de ellos, solo crearán en él confusión. Será incapaz de ser leal con uno, porque eso implicaría ser desleal con el otro. Se sentirá entonces solo en medio de la batalla y profundamente angustiado.     

4.3. Inconstancia en la transmisión

El niño puede captar muchos valores y principios de su entorno, todo el tiempo los estará percibiendo; sin embargo, llegará a hacerlos suyos sólo a través de la constancia. Es decir, que se mantengan a través del tiempo y su transmisión sea permanente. Así podrá incorporar la idea de que ese valor es parte su mundo y lo hará también parte de su vida. Por el contrario, un valor que se ha expresado unas pocas veces, muy probablemente no será incorporado en sus esquemas personales. En estos casos de exposiciones esporádicas, el aprendizaje quedará mediado por otras variables, como la jerarquía del modelo y la vía de transmisión utilizada. (Ver punto siguiente)

Si se le dice que es importante estar limpio y lavarse las manos antes de almorzar pero no se le recuerda diariamente, jamás llegará a tener el hábito de hacerlo. Lo mismo ocurrirá con cualquier valor o principio que se le quiera transmitir.     

4.4. Debilidad en la transmisión

Para que la transmisión sea efectiva, los mensajes deben tener poder y únicamente llegan a tenerlo si se utilizan vías variadas y si el modelo tiene “autoridad”. El uso de las “vías variadas” quiere decir que no sólo se le hable al niño, si no que también se le demuestre con conductas y ejemplos lo que se espera que aprenda. El niño necesita utilizar todos sus sentidos e intelecto para incorporar la información, necesita ver, escuchar, imaginar, predecir, imitar. Necesita comprobar que esos valores son parte de tu propia vida.

Por otro lado, el modelo con “autoridad” implica que quien lo transmite debe ser una figura significativa para el niño; entendiendo por “significativa” no necesariamente aquel a quien el niño ama, sino que tenga algo especial que lo haga atractivo ante sus ojos. Por excelencia, los padres son los modelos con mayor “autoridad”, sea para bien o para mal; porque así como aprenden de algunos padres a ser responsables, cariñosos, caritativos, de otros pueden aprender a golpear a las mujeres, a robar o a embriagarse.     

4.5. Incongruencia en los mensajes

Se produce al enviar un mensaje por una vía y uno opuesto (parcial o totalmente) por otra. Usualmente ocurre con los malos hábitos de los adultos, como el fumar, beber, comer cosas poco saludables, comer en exceso, etc. En estos casos, los padres saben que cierto hábito no es bueno y no desean que los hijos repitan su modelo, por lo que le expresan verbalmente lo mal que está lo que hacen; sin embargo, lo siguen haciendo.

La incongruencia es muy frecuente, porque es común que hablemos a nuestros hijos en términos de valores ideales y esos ideales estamos lejos de alcanzarlos con nuestra propia conducta. Los padres hablamos de justicia y luego castigamos equivocadamente, hablamos de la verdad y decimos “mentiras blancas”, hablamos de no robar y traemos lápices de la oficina, hablamos de caridad con los pobres y no les damos un pan al que nos golpea la puerta. El problema es que los niños pequeños no comprenden las “excepciones”, para ellos las cosas son blancas o son negras. Por esta razón, es bueno explicarles las razones que nos mueven a actuar como lo hacemos o decirles lo que debimos hacer y no hicimos bien, esperando mejorar la próxima vez.     

4.6. Exposición a ambientes indeseados

En determinado momento de su período preescolar, los pequeños comenzarán a activar su vida social y serán invitados a cumpleaños y a otras casas a pasar el día, la tarde o la noche. Luego irán a fiestas, pubs, discoteques, pudiendo quedar expuestos a ambientes que tal vez no hubiéramos deseado. Aquí todo queda sujeto a la formación que se les había dado. Si era sólida, lo que vean en esos ambientes, no será importante. Sin embargo, si nuestra trasmisión de valores no ha sido consistente o nuestros hijos no son lo suficientemente capaces de “resistir”, pueden resultar influenciados.     

5. BIBLIOGRAFÍA

  • Parte de este tema ha sido desarrollado en base al libro
    “Aprendiendo a Ser Humano”, cap. 3.
  • El Padre que Quiero Ser, Josh McDowell, Editorial Mundo Hispano, 1998.
  • Nicholas Johnson, antiguo comisionado de la Federal Comunications Commission. Tomado del libro Desarrollo de la Personalidad en el Niño; Mussen, Conger y Kagan; Ed. Trillas, 1982.
  • Desarrollo de la Personalidad en el Niño; Mussen, Conger y Kagan; Ed. Trillas, 1982.
Jueves, 29 de Septiembre de 2011 19:50

NIÑOS PSICOLÓGICAMENTE SANOS

Ciertamente, muchas veces te habrás sentido solo(a) e inexperto(a) a la hora de hacer frente a la tarea de educar. Tal vez en el primer baño, en la primera pataleta... y muchas otras veces. “No sabemos ser padres” dicen unos, “nadie nos enseñó”, dicen otros; pero sin duda con el correr del tiempo, con seguridad notaste que de todos modos las cosas salen bien y los años pasan y los niños crecen.

Yo no estoy aquí para decirte “no sabes nada”, ni para “enseñar” cosa alguna. Estoy aquí para que compartamos vivencias y para ayudarte a descubrir nuevas herramientas que tú ni siquiera sabes que tienes y para aportar un punto de vista diferente a la forma que tienes de relacionarte con tus hijos(as). Déjame decirte, que como padres tenemos algo innato, una forma natural de ser papás y mamás. No tienen que enseñarte a acariciar a tus hijos(as) o a devolverles una sonrisa, eso te nace. Sin embargo, a veces y sin querer, hacemos cosas o decimos algo que puede lastimar profundamente a nuestros pequeños.

Impulsados por el amor que les tenemos, buscamos la forma de ser mejores padres y de descubrir todo lo que a otro papá o mamá le ha servido. Sin importar tu propia historia, tus limitaciones personales y los obstáculos que se te interpongan, tú puedes ser el padre o madre que tus hijos necesitan.

1. UN NIÑO O NIÑA "SANO"     

La psicología ha sido clara y determinante en demostrar la importancia de la relación entre padres e hijos en el desarrollo emocional de los niños. Cada vez más estudios revelan las consecuencias positivas o negativas de estas interacciones; lo que significa que lo que haces o dejas de hacer con tus hijos(as) es fundamental para su desarrollo y para la configuración de su personalidad adulta. La relación personal que estableces con ellos como madre o como padre, como personas distintas y con características e interacciones diferentes, van otorgando al niño las oportunidades de crecer y desarrollarse.

Cuando pensamos en un adulto psicológicamente sano, pensamos en una persona que medianamente ha logrado encontrar un equilibrio en su vida emocional, de modo de haber consolidado proyectos y sentir gozo en su realización. Este adulto, posee una imagen de sí mismo consolidada y más o menos objetiva; establece vínculos adecuados con las otras personas; es capaz de amar y recibir amor; puede identificar y comprender sus propias emociones y sentimientos y los de los demás; posee entereza y persistencia frente a la adversidad y ha logrado cierto autocontrol de sí mismo, de sus impulsos y apetitos y los pone al servicio de su inteligencia y voluntad. Pero este adulto maduro y “sano” ha debido ser antes, necesariamente, un niño que ha alcanzado ciertos recursos psicológicos y un adecuado crecimiento personal; lo que se obtiene como resultado de un proceso de desarrollo en el que cada etapa ha tenido una resolución mínimamente satisfactoria y beneficiosa.

El desarrollo normal implica los siguientes logros por áreas, de acuerdo a la edad de los niños:   

1.1. Motricidad

EDAD   LOCOMOCION    PREHENSION
0 mes   Postura fetal    
1 mes   Mentón alzado    
2 meses   Pecho alzado    
3 meses   Movimientos para coger objetos    
4 meses   Sentado con apoyo    
5 meses   Sujeta cabeza sentado en regazo   Agarrar primitivo, sin pulgar
6 meses   Sentado solo en silla alta   Toma de lado y aprieta
7 meses   Se sienta solo en suelo plano   Agarra con la mano y palma
8 meses   De pié con ayuda   Agarra con palma superior
9 meses   Se para afirmado de muebles   Agarra utilizando el índice
10 meses   Gatea    
11 meses   Camina con ayuda    
12 meses   Camina solo, afirmado de los muebles    
13 meses    Sube escaleras gateando    Agarra con índice y hace pinza                                                                         
14 meses   Se pone de pie solo    
15 meses   Camina bien    

    

1.2. Lenguaje

FASE PREVERBAL: ( 0 –12 o 15 meses )
La primera forma en que se comunica tu hijo(a) es el llanto, el que puede diferenciarse en distintos tipos ya cerca del primer mes. A las 6 semanas da gritos o gorgoteos de felicidad, a los 3 o 4 meses repite y combina sonidos, a los 8 meses encadena los sonidos, a los 10 meses hace una imitación imperfecta de los sonidos y los extiende y luego repite sonidos que escucha en forma más exacta. Es capaz de comprender el lenguaje antes de expresarlo él mismo.

FASE VERBAL: ( 12 o 15 meses en adelante )

ETAPA 1 O DE LAS PRIMERAS PALABRAS: (12 o 15 meses - 2,5 años)
Comprende más y usa el lenguaje de manera espontánea, intencional y consistente para llamar o para pedir algo. Repite mejor lo que escucha y cerca de los dos años comienza a combinar palabras en oraciones de dos vocablos, pero usando un lenguaje telegráfico. Ej. “Dame aga”, “papá men”, etc.

ETAPA 2: ( 2,5 – 3 años )
Hace preguntas, usa tiempos pasados y plurales. Su vocabulario ha aumentado, produce cadenas más largas de palabras y  va haciendo oraciones más complejas y estructuradas.

ETAPA 3: ( 3 – 3,5 años )
Reorganiza palabras de la oración para expresar nuevas ideas y para preguntar. Tiene un mayor vocabulario y hay mayor complejidad en sus frases. No siempre comprende las preguntas con por qué. Parecido al lenguaje adulto pero con errores gramaticales.

A los 4 o 5 años el lenguaje ya está bien establecido y ha adquirido las reglas gramaticales principales de su lengua materna. Hay uso de plurales, posesivos y manejo adecuado de los tiempos pasados.

Sin embargo, a los 6 años aún no usan verbos auxiliares, oraciones pasivas, ni oraciones condicionales. Ej. “Ella ha contado un cuento”, “la ropa fue planchada esta mañana”, “yo podría ir más tarde”.    

1.3. Pensamiento

PERIODO SENSORIOMOTOR ( 0 – 1, 5 o 2 años )  
Es el período previo a la adquisición del lenguaje y la capacidad de simbolizar la realidad. En este momento, tu hijo(a) conoce por la vía sensorial y motriz, pero sin tener aún una representación interna. Al comienzo su conocimiento es una respuesta al medio, no hay procesamiento ni pensamiento y luego, poco a poco, va experimentando ensayo y error y varía sus respuestas probando nuevas formas de obtener las mismas metas. Finalmente, desarrolla una forma primitiva de representación, una suerte de imagen mental utilizada en la solución de problemas. El funcionamiento cognoscitivo se hace entonces más complejo, objetivo y orientado hacia la realidad.

PERIODO PREOPERACIONAL (2 – 3 años a 6 – 7 años):

2 – 4 AÑOS: Alcanza la capacidad para adquirir y emplear símbolos como representaciones de la realidad, pero su pensamiento está todavía ligado a la acción y se centra en él mismo, dificultándole percibir puntos de vista diferentes al suyo (egocéntrico). Establece relaciones accidentales, percibe la realidad de un modo sintético (todo tiene que ver con todo) y se deja llevar por las apariencias sin reflexionar. Su pensamiento es simple, irreal y puede ser fácilmente interferido por sus emociones.

4 – 6 o 7 AÑOS: La imagen que tiene del mundo va siendo más objetiva, alcanza una mayor comprensión del tiempo y las causalidades y ha incorporado primitivamente los conceptos para representar cualidades comunes. Sin embargo, no ha introducido aún el pensamiento lógico (que se logrará entre los 7 a 11 años), ni tampoco el pensamiento abstracto (que se adquiere recién desde los 12 años en adelante).     

1.4. Identitad

ETAPA AUTISTA NORMAL: ( 0 – 2 o 3 meses )
Está centrado sólo en sí mismo, sin diferenciar entre él y su exterior, como si tuviera la idea mágica de ser él quien satisface sus necesidades. En esta etapa no es capaz de tolerar fuertes grados de tensión.

ETAPA SIMBIOTICA NORMAL: ( 2 o 3 – 5 o 6 meses )
Empieza a notar que hay “un otro” pero tiene una visión confusa y no sabe dónde termina él y comienza ese otro. Incorpora a su cuidador en su sistema omnipotente, el que funciona en esta etapa como su organizador interno, siendo el que lo provee o no de satisfacciones y lo protege o no de sí mismo y del medio externo.

ETAPA DE SEPARACIÓN – INDIVIDUACION: ( 5 o 6 meses –2,5 o 3 años )

DIFERENCIACION: ( 5 o 6 – 10 meses)
Disminuye su dependencia corporal y se vuelve activamente hacia el mundo que lo rodea. Comienza a darse cuenta de que “el otro” es distinto a él.

PRACTICA O EJERCITACION: ( 10 – 15 o 16 meses )
Se aparta físicamente del cuidador encontrando placer en la exploración, pero en el proceso se le genera angustia, por lo que necesita buscarlo e permanecer cerca de él. Se muestra menos explorador en su ausencia y alterna el deseo de ser autónomo con la tendencia a seguir deseando mágicamente en la cercanía del cuidador.

REACERCAMIENTO: ( 16 meses – 2 años )
Debido a los logros de su desarrollo cognitivo y emocional, se hace más consciente de sus limitaciones y de cuánto necesita la protección del cuidador. Busca al cuidador y presenta angustia de separación. Supera la etapa al alcanzar una imagen interna de sí mismo y de “otro” confiable.

CONSTANCIA OBJETAL ( 2 años – 2,5 o 3 años )
Acepta la separación porque comprende que la no presencia física no significa la pérdida. Ha logrado la representación interna y así consolida sus funciones autónomas.

2 – 4  AÑOS:
Tu hijo(a) está afirmando su “yo”, que emerge de la capacidad de diferenciar el mundo de su propio ser. Tiene conciencia de su identidad en sus aspectos más básicos y esa conciencia de sí mismo despierta un fuerte afán de posesión.
 
4 AÑOS EN ADELANTE:
Es capaz de explicar con más claridad la imagen que tiene de sí mismo. Sigue incorporando más conceptos sobre sus roles y sus características personales positivas o negativas en forma permanente y constante, proceso que perdura durante toda la vida.

1.5. Lenguaje

ETAPA ORAL ( 0 – 1 año )
La zona de placer es la boca y toda su atención se concentra en ella. Se relaciona con la alimentación. Determina relaciones de dependencia.

ETAPA ANAL ( 1 – 2,5 años )
La zona de placer es el ano. Se relaciona con la defecación, el control de esfínteres y la limpieza. Determina relaciones de retención y expulsión.

ETAPA FALICA ( 2,5 o 3 – 5 años )
La zona de placer es el órgano sexual. Se relaciona con la exploración y el descubrimiento de las diferencias sexuales. Se resuelve el Complejo de Edipo.

1.6. Vida Social y afectividad

APEGO INDISCRIMINADO ( 0 – 5 meses )
Quiere estar con alguien, no le importa quién y protesta si lo separan o lo dejan solo.

APEGO ESPECIFICO: ( 5 – 7 meses )
Se vincula a una persona en particular (la persona que pasa más tiempo con el niño y lo alimenta y provee de sus necesidades básicas) y presenta signos de ansiedad cuando esta persona lo deja. Presenta temor a los extraños.

APEGO MULTIPLE: (7 meses en adelante)
Puede vincularse con varias personas y establecer vínculos estrechos de amor con ellos.

ANSIEDAD DE SEPARACION: ( 8 o 12  meses – 2 años)
Tiene su peak entre los 13 y 18 meses. Es la reacción de inquietud ante la experiencia de separación de sus cuidadores y que se da en el mismo momento o en forma anticipada. Se relaciona con la dificultad del niño de resolver o dar respuesta a situaciones de causalidad o consecuencias.

EDAD DE LA OBSTINACION: (  2 – 4 años )
Va descubriendo los efectos de su propio poder y conducta. Tratando de lograr la independencia se vuelve caprichoso y obstinado, por querer actuar solo se opone a todo. Más o menos a los tres años comienza a tener capacidad empática (ponerse en el lugar del otro) facilitando la comprensión de los demás y conforme aumente la empatía, aumenta la capacidad de ayudar.

EDAD DE LA FABULACION: ( 4 – 6 años )
Aumentan los sentimientos hacia otros y con ello aumenta la necesidad de contacto y de estar en grupo. Aumenta la simpatía, la ternura y el cariño por los hermanos. Sin embargo, es egocéntrico y no comprende puntos de vista ajenos. En general, se relaciona buscando consecuencias positivas a sus conductas y buscando lo que el otro pueda darle.

1.7. Moralidad

ETAPA RITUALISTA: ( 0 – 2 años )
El niño no comprende los conceptos de bien y mal y, por lo tanto, no tiene un sentido de justicia.

MORAL DE PRESIÓN ADULTA: ( 2 – 6 años)
Obedece las reglas porque las cree rígidas e inalterables y para evitar las consecuencias negativas. Considera la conducta como buena o mala según si sigue o no las reglas, definiendo lo incorrecto a través de la sanción, sin reflexionar y sin enjuiciar al que sanciona. Para juzgar un comportamiento se guía por elementos externos y toma en cuenta la cantidad de daño sin considerar la intención. Siente que el castigo tiene que ser directamente proporcional a la falta.
Desde su perspectiva egocéntrica se deja llevar por lo que a él le produce placer, su razonamiento está fundado en el sí mismo, sin considerar los intereses ajenos y cree que todos comparten su opinión del bien y del mal. Como no puede aún realizar razonamientos abstractos, no logra comprender el significado de   las normas generales y sólo son exteriores a él e impuestas por los adultos

MORAL DE SOLIDARIDAD ENTRE IGUALES: (7 – 11 años)
Con su adquirida capacidad de realizar operaciones mentales se da cuenta de la reversibilidad de algunos cambios físicos y detecta relaciones entre las cosas. Comienza a basarse en el respeto mutuo a sus iguales y surge la noción de lo convencional de las normas y reglas de juego. Surgen algunos sentimientos morales necesarios para que las reglas funcionen, como la honestidad y la justicia. Respeta las normas por respeto al grupo y la comprensión de la necesidad de cierto orden para interactuar con sus pares. Sin embargo, carece de flexibilidad y aún sigue ligado a las cosas y situaciones concretamente.

MORAL DE EQUIDAD: (12 años en adelante)
Su desarrollo intelectual le permite hacer generalizaciones y operaciones mentales abstractas. Integra los conceptos en sistemas de proposiciones y aprende a pasar de lo particular a lo general y de lo general a lo particular. Surgen sentimientos morales personalizados, como la compasión o el altruismo, que exigen la consideración de la situación concreta del otro como un caso particular de la aplicación de las normas junto a flexibilidad y la comprensión de las excepciones. Con esto se da paso al control individual de la propia conducta, que implica la formulación de principios morales generales y su afirmación de modo autónomo frente a las normas exteriores. El respeto a estas últimas se realiza de un modo personal.

1.8. Control - Autocontrol

FASE 1: DE MODULACION NEUROFISIOLOGICA ( 0 – 3 meses )
Sus conductas están determinadas por la activación fisiológica, por lo que el establecimiento  de patrones de conducta no requiere de un procesamiento cognitivo.

FASE 2: DE MODUCACION SENSORIOMOTORA ( 3 – 9 meses )
Se observa un cambio en la conducta en respuesta a estímulos del medio. Aparece la conducta “voluntaria” relacionada con los ritmos temperamentales, aún sin requerir proceso cognoscitivo.

FASE 3: DE CONTROL ( 9 – 18 meses )
Logro cognitivo de intencionalidad para dirigir su conducta por metas y tener conciencia de la acción, aunque con un énfasis en el control externo de la conducta. Comienza a percibir las demandas sociales de una situación y a acatar ciertas reglas.

FASE 4: DE AUTOCONTROL ( 2 – 3 años )
El pensamiento simbólico y el sentido de continuidad le permiten tener un pensamiento con representaciones mentales y con memoria de sucesos anteriores. Así, incorpora las demandas sociales haciendo que el control externo se vuelva interno. Puede retardar sus necesidades y se comporta según expectativas sociales en ausencia de control externo.

FASE 5: DE AUTORREGULACION ( 3 años en adelante )
Su capacidad de reproducir en su mente las exigencias e imaginar las consecuencias, le permite flexibilizar los procesos de autocontrol y así adecuarse a demandas situacionales más exigentes.

2. PAPEL DE LOS PADRES     

2.1. Relación entre herencia y ambiente

Las investigaciones demuestran convincentemente que la mayor parte del desarrollo de los niños depende tanto de factores biológicos como de fuerzas ambientales. Los factores biológicos son relativamente más importantes para la determinación de algunas características, en tanto que el ambiente y la experiencia ejercen una mayor influencia en otras. Un bebé, al nacer, presenta ya un sexo y raza determinados, revela características físicas heredadas y puede presentar vulnerabilidad a ciertas enfermedades o alteraciones ya determinadas genéticamente. Este bebé también trae ciertas características personales como sus umbrales de respuesta ante los estímulos, su nivel de actividad y su temperamento.

Por otra parte, en las tendencias de amor al prójimo y la generosidad parecen influir mayormente los factores ambientales. El bebé se incorpora a un país determinado que tiene una cultura y empieza a pertenecer a un nivel económico y una clase social particular. También pasa a formar parte de una familia extensa y nuclear con miembros que tienen cada uno una forma de ser y relacionarse. Todas estas condiciones van configurando un medio que sumado a las experiencias que va teniendo el niño van configurando su memoria y repertorios de conducta, rasgos de personalidad e individualidad.

No obstante, del mismo modo como se heredan y se adquieren por medio del ambiente ciertos rasgos, así también éstos factores están íntima y estrechamente relacionados al conformar un ser individual, con una forma de ser y de comportarse única y particular. Aquí cabe mencionar las características complejas, como la capacidad intelectual o las tendencias agresivas, que son producto de la continua interacción de factores biológicos y ambientales; siendo virtualmente imposible separar o estimar correctamente las contribuciones relativas de los dos tipos de determinantes.

A cada paso del desarrollo están interactuando recíprocamente para influir uno y otro en mayor o menor medida a determinar un rasgo y también, en muchos casos, factores genéticos pueden determinar la influencia del ambiente y éste puede determinar la expresión hereditaria. Por ejemplo, este es el caso al presentar cierta característica física como nacer ciego o nacer con un pié más corto que el otro, influyendo sobre el ambiente en el que el niño se va a desenvolver y en los cuidados que tendrá en su desarrollo. También es el caso de exponerse a agentes químicos ambientales que determinen o desencadenen la aparición de un rasgo o enfermedad genética que no se habría presentado de no haber existido exposición alguna.

2.2. Interacción recíproca entre padres e hijos

La forma de ser de un padre o madre y un hijo o hija, no constituye un factor aislado, sino que cada uno influye sobre el otro formando cadenas de interacciones. Un bebé “llorón” o un hijo rebelde no son hechos aislados, como tampoco lo es un papá enojón o una madre sobreprotectora. Más bien podríamos pensar también que ese bebé “llorón” tal vez no sienta satisfechas todas sus necesidades, que ese hijo rebelde puede estar revelándose ante un papá demasiado autoritario, que ese papá enojón tiene una hija inquieta y desordenada o que esa mamá sobreprotectora tiene un hijo dependiente.

Sin embargo, como nada es tan simple, aquí no se acaba la historia, porque también deberíamos considerar que estos casos ocultan herencia y ambiente por parte de padres e hijos(as). Así la bebé llorona puede ser de temperamento cambiante y su pieza tener demasiada luz; y su madre ser especialmente sensible a los ruidos y estar en un período de sobre exigencia laboral.

El niño rebelde podría tener fuertes necesidades de actividad motora y vivir en un departamento modesto y pequeño; y su padre puede ser demasiado bajo de estatura (sintiendo la necesidad de imponerse frente a otros) y puede tener un jefe también muy autoritario (llevándolo a “desahogarse” con su hijo). 

Ese papá enojón puede tener un tono de voz profundo y tener un pequeño grado de sordera tendiendo a levantar la voz y estar cesante desde hace varios meses; y su hija presentar algún grado de hiperactividad y falta de concentración y compartir el dormitorio con una hermana “perfecta”, intentando diferenciarse de ella y llamar la atención con su desorden.

Finalmente, esa madre sobreprotectora podría estar presentando una enfermedad grave y cuidar a su hijo como desearía ser cuidada, y estar separada y atender sola a su hijo; y éste podría estar viviendo la etapa del desarrollo de la “ansiedad de separación” y haber vivido una experiencia de abandono prolongado al quedarse encerrado largo tiempo en el baño sin compañía.

Estos son ejemplos de la fina y complicada interacción entre lo que somos y nuestras interacciones y entre lo que el otro es y su interacción con nosotros. Cada vez que acudes al llanto de tu hijo(a) o le das un abrazo, estás actuando desde ti como un todo, sumando factores genéticos y ambientales de tu vida y el reaccionará hacia a ti, funcionando también como un todo sumando los factores hereditarios y ambientales de su vida.

2.3. Los padres tienen "Todas las de ganar"

Tu hijo(a), ya tenga meses o algunos años, es un ser desprotegido frente al mundo. Está recién comenzando a crecer y le falta mucho por vivir, su proceso de desarrollo está inconcluso y sus experiencias aún no están definidas para determinar nada que no sea irreversible en este momento. Este tiempo es ideal para que tomes conciencia del poder que tienes en tus manos.

Es sabido que ese niño(a) no puede defenderse de los golpes y del maltrato psicológico, pero tal vez no has reflexionado sobre el hecho de que si golpeas a tu hijo o lo maltratas psicológicamente, estás influyendo en ese momento e instantáneamente en su proceso de desarrollo y en la conformación de su personalidad. Del mismo modo ocurre cuando le comprendes una muda petición o lo perdonas por algo que hizo. Si piensas en eso, te darás cuenta que hay un momento para tomar una decisión, un segundo clave para darte cuenta de las consecuencias de tus acciones y en el cual puedes decidir el futuro tuyo y de tu hijo(a). En realidad, no es un momento, son miles de momentos cada día.

Ya has visto que tu hijo está en alguna parte de su desarrollo inconcluso, faltándole mucho aún por recorrer y faltándole muchos recursos todavía. Pero tú ya viviste esas etapas y has alcanzado, bien o al menos medianamente, logros importantes: cuentas con un desarrollo motor adecuado que te permite ser independiente y autosuficiente para desenvolverte; manejas perfectamente el lenguaje como para comprender a otros y para comunicar a ellos tus necesidades, opiniones o sentimientos; has adquirido destrezas intelectuales y un pensamiento abstracto que te permiten pensar acerca de las cosas que ves y solucionar problemas a diario; has consolidado tu identidad y sabes quien eres y lo que quieres obtener; estás integrado a una sociedad que te reconoce como parte de ella y te adaptas a sus esquemas; has logrado la capacidad de controlar tu conducta y actuar guiado por tus intenciones personales; y posees valores de justicia y conceptos claros del bien y del mal.

Por esta razón, tú puedes reflexionar lo que él(ella) no puede y pensar más allá y por los dos; tú puedes controlar tu conducta y tolerar la frustración más que él(ella); tú puedes darte cuenta de lo que te está pasando y lo que estás sintiendo... y también puedes decidir hacer un cambio cuando sea necesario, para tu bien y para el de tu hijo(a). El(ella), en cambio, no ha alcanzado un pleno desarrollo en ninguna de estas áreas todavía, por lo que tú tienes todas las de ganar y para ello, solo te hace falta desear lo mejor para tus hijos(as) e incorporar a tu vida nuevas maneras de ver las cosas.

3. LO QUE LES HACE DAÑO A LOS NIÑOS     

3.1. Falta de amor

Nada en la vida le hace más falta a un niño que el amor y nada puede dañarlo más que la carencia de éste. La falta de amor es como una plaga que puede afectar tanto a padres como a sus hijos, creando un círculo vicioso en el cual los padres hambrientos de amor, crían hijos aún más hambrientos de amor. Las consecuencias de esto pueden ser devastadoras, trayendo muchos dolores generaciones tras generaciones. El padre o madre que no comunica amor y aceptación a su hijo no es una influencia neutral en la vida de su hijo, sino una influencia del todo negativa.

El mayor anhelo de un niño(a) y su mayor necesidad es ser amado y no importa la explicación que le demos a esto (la ley de supervivencia, el ser aceptado por un grupo, su pulsión de vida o cualquiera otra), lo cierto es que ésa es la motivación que lo guía desde muy temprano. Un bebé recién nacido que no es amado (acariciado, mimado), simplemente pierde peso y muere, aún cuando esté siempre seco y alimentado. Un niño(a) mayor que no es amado (valorado y aceptado), se aísla, pierde incentivo y puede enfermarse gravemente o incluso “morir” psicológicamente.

Estos ejemplos pueden parecer alejados de nuestra realidad, pero en una escala diferente, a tus hijos(as) les puede suceder lo mismo. Ellos necesitan a cada edad que les demuestres tu amor de una manera especial y específica y de no hacerlo, tus hijos(a) lo resentirán en sus recuerdos, sus conductas y su sanidad psicológica y física futura.

3.2. Vinculos de dependencia

Un niño viene preparado físicamente para crecer: a cierta edad le salen los dientes y puede comer papilla, a cierta edad camina y puede explorar solo la casa y a cierta edad habla y puede hacer preguntas y expresar ciertas ideas. Psicológicamente también viene preparado para crecer; sin embargo, por desconocimiento o por ser algo  “que no se entiende”, los padres pasan por alto estas necesidades.

Tu bebé a los seis meses empieza a notar que es diferente a ti y descubre que hay todo un mundo que ver. Probablemente se muestre inquieto al tomar la mamadera y se muestre reacio a permanecer mucho rato succionando el pecho. Te está diciendo que quiere crecer, que quiere explorar otras formas de alimentarse o de estar contigo. Si lo fuerzas a mantener ese vínculo único y de estrecha relación y no le das la oportunidad de separarse, le impides avanzar hacia su independencia.

Tu hijo(a) de un año querrá avanzar solo(a) de una silla a otra, él(la) de dos años deseará lavarse solo(a) los dientes, el(a) de tres años intentará vestirse sin ayuda y el(la) de cuatro insistirá en peinarse a su gusto. A los cinco años querrá escoger solo los regalos de sus amigos y a los seis deseará hacer ciertos cambios en la decoración de su cuarto. Es un proceso natural, son indicios de desear crecer, ser autosuficiente, de no querer depender de ti.

En este proceso, tú puedes escoger ser como la mamá pájaro que da un empujón al pajarito para saltar del nido y tener así un pajarito volando; o puedes decidir dejarlo atado o cortarle las alas. Así también podrías haber decidido nunca darle comida entera a tu bebé, cosa que de seguro no hiciste. Con el crecimiento psicológico es igual, tú puedes decidir ayudar a tu hijo(a) en su proceso de separación e independencia o puedes escoger atarlo(a) a ti por medio de la prohibición, la culpa, la inseguridad, la incapacidad, el descrédito y muchos otros medios. Si ésta es tu elección, tus hijos serán personas inseguras, altamente demandantes y cambiantes, tendrán dificultad para tomar decisiones, establecerán relaciones de dependencia al ser adultos y podrían tener tendencia a las adicciones, como forma de buscar un “objeto” que sustituya la imagen del vínculo protector que antes tenía contigo.     

3.3. Sentimientos de culpabilidad

En su proceso de crecimiento, el niño(a) muchas veces se equivocará, cometerá errores y hará las cosas mal o en una forma que tú no esperabas o no deseabas. En esos momentos tu hijo necesita que lo entiendas, que reconozcas su individualidad, que le animes y le hagas sentir que no fue tan importante, que tiene remedio y que lo hará mejor la próxima vez. Lo menos que necesita es que le hagas sentir culpable por mojar los pantalones, por haber roto tu florero al apoyarse en la mesa para pararse, por jugar con barro, por haberse peinado “tan raro”, por no saber los colores cuando está en edad de saberlo, por no querer darte un beso o por no desear salir contigo de paseo. Simplemente es distinto(a) a ti, piensa y siente diferente a ti y es más pequeño que tú. Tiene derecho a equivocarse y a probar de nuevo y también, si quiere, a rendirse y esperar que pase el tiempo.

Fomentar los sentimientos de culpa puede no ser una cosa tan extraña, puede ser incluso algo habitual. Probablemente piensas a veces “podría haberlo hecho mejor”, “si pusiera de su parte”, “si no fuera así”, “hace que su hermanito(a) se inquiete”. Y no necesitas decirlo para provocar un efecto, porque basta con pensarlo para que “se te note” y el niño perciba su “mal obrar”. Eso lo hace sentir humillado y culpable y la culpa genera muchas perturbaciones psicológicas. Un adulto culposo se siente mal con respecto a sí mismo, tiene sentimientos de mortificación y hasta remordimiento respecto de sus acciones. Esto lo puede llevar a ser menos sensible ante los sentimientos de otro y a un impulso por autocastigarse o castigar a otros como desearía ser castigado. Se le pueden generar deseos de perfección inalcanzable y ritos obsesivos expiatorios (para pagar sus culpas imaginarias).     

3.4. Alta exigencia

Los niños(as) funcionan a su ritmo y según sus capacidades y logros alcanzados según su proceso de desarrollo; sin embargo, los adultos tienen la tendencia a medir la habilidad y las conductas del niño según sus normas adultas. Con estos parámetros, el niño(a) muy probablemente salga perdiendo o quede en desventaja y, si sumamos a esto una falsa idea de que exigiéndole a los niños ellos serán mejores, sólo se conseguirá ejercer presión sobre su proceso de crecimiento personal y olvidar la singularidad de cada hijo(a).

Si siempre le estás pidiendo a tu hijo(a) más de lo que puede dar o intentas alentarlo con frases como “tú puedes hacerlo mejor”, “debes esforzarte más”, “pon más de tu parte” o “podrías hacerlo de este otro modo”, le estarás transmitiendo de un modo oculto que no está cumpliendo tus expectativas. Entonces él(ella) tratará de hacerlo mejor y “a tu modo”, porque ante todo quiere tu amor y tu aprecio, sin importar el costo. Pero la próxima vez, tal vez tú pienses “ahora puede dar un paso más” y vuelvas a expresarle lo mismo y así una y otra vez. Al cabo de poco tiempo, tu hijo(a) habrá aprendido que no importa lo que haga, nunca es suficiente y sentirá tal frustración que se desmotivará, te sentirá lejano(a) y estará profundamente descontento(a) con él mismo(a), por no ser merecedor(a) de tu amor.

Un niño que crece sin sentir valoración por lo que es y por sus logros, se transforma en un adulto insatisfecho de sí mismo. Sentirá que lo que hace nunca es suficiente y será crítico y perfeccionista con sus tareas y las de otros. Tal vez sea en exceso ambicioso o mediocre, incapaz de darse por vencido aún habiendo perdido la batalla o incapaz de llevar una lucha sostenida por sus ideales y reponerse ante las adversidades. No se sentirá merecedor de un amor incondicional y secretamente sentirá que debe hacer algo para ganarse el amor de otros.    

3.5. Críticas y comparaciones

Si consideramos que todo lo que un niño hace, lo hace para buscar el amor y la aceptación de sus padres, será posible comprender que fácilmente sentirá que si hace las cosas mal o peor que otros, no será amado ni aceptado. Este pensamiento que para nosotros es una conclusión lógica, es para el niño un profundo sentir que marca su identidad, la que aún se está configurando.

En esa identidad e imagen de sí mismo incipiente, los comentarios de desvalorización, menosprecio y descrédito tienen un marcado efecto de empobrecimiento. Cuando haces comentarios del tipo “siempre causas problemas”, “no sé en qué estás pensando”, “¿por qué te portas tan mal?” o “te encanta hacerme enojar” o hablar con otros en frente de tu hijo(a) sobre sus defectos o de cuanto “le falta para” o “lo malo(a) que es para”; estás haciendo que se vea disminuido(a) frente a tus ojos, lo que implicará también verse disminuido(a) frente a sus propios ojos. Su imagen de sí mismo se verá connotada de cualidades negativas.

Por otro lado, cuando comparas a un hijo(a) con sus hermanos (“¿por qué no puedes ser más como tu hermano?”, “tu hermana si deja que yo la peine”) o conversas en su presencia con otros padres de sus logros y los de los hijos(as) de éstos; incentivarás sentimientos de inferioridad y harás que tu hijo(a) vaya perdiendo la confianza en sí mismo(a) y sintiendo la pesada carga de una baja autoestima.

Un niño que crece con estos sentimientos, se convierte en un adulto inseguro de sus capacidades y potencialidades, que no apostará a ganador en su vida ni confiará en el logro de sus proyectos. Tendrá una mala imagen de sí mismo y se sentirá siempre menos que los demás, dificultándosele hacer valer sus derechos y esperar cosas buenas de parte de los otros, por sentir que no lo merece.  

3.6. La permisividad y falta de limites

Así como un bebé necesita tener la seguridad de que cuando llora será alimentado y que no tendrá el mismo pañal de la noche durante el día siguiente, un niño un poco mayor necesita confiar en que sus padres lo cuidarán si se enferma, lo irán a buscar al jardín al termino de la jornada y le darán la cena todos los días. El niño necesita las rutinas, los horarios y cierta estabilidad para poder saber a qué atenerse y para que conforme crece se apoye en ellas para anticipar hechos o predecir resultados. Pero lo más importante, es que ellas le ayudan a confiar en el mundo y en sus padres.

Generalmente, los niños crecen y se desarrollan en ambientes que siguen ciertos patrones y ritmos más o menos estables o por lo menos, lo suficiente para tener expectativas positivas respecto al futuro. Sin embargo, para crecer adecuadamente, el niño también necesita poder predecir las conductas de sus padres y las consecuencias en ellas de sus propias conductas. Si un día arrullas al bebé cuando llora y al otro día le gritas porque estás cansado(a), si al niño(a) lo llevas a tu cama una noche que se despierta y otra lo dejas llorar desconsoladamente porque tienes mucho sueño y si un día lo regañas por rayar la pared y al otro día lo pasas por alto porque se portó muy bien durante el resto del día, entonces ¿qué podría tu hijo(a) llegar a predecir?, ¿cómo podría confiar?, ¿cómo sabría qué esperar de ti?.

Ciertamente los seres humanos no somos rígidos y cambiamos según nuestro estado de ánimo y de día en día según las circunstancias; pero tu hijo(a) necesita un mínimo de estabilidad para sentirse seguro del ambiente y de tus respuestas o acciones. Si no alcanza estas condiciones, se sentirá desconfiado del medio que lo rodea, no sabrá cuando esperar satisfacción de sus necesidades o cuando aprender a postergarlas. Tampoco tendrá la seguridad de estar haciendo las cosas bien o mal y se confundirá constantemente.

Un niño en estas condiciones se convierte en un adulto desconfiado, que tiende a pensar que no le darán lo que quiere o necesita, a veces sin siquiera atreverse a pedirlo o a esperar algo bueno para él. Se inclinará al pesimismo y a los pensamientos negativos acerca de las circunstancias. Se sentirá inseguro de sus recursos personales para despertar en otros sentimientos positivos y para obtener gratificaciones y probablemente también él(ella) sea cambiante y de ánimo vulnerable.     

3.7. Riabilidad y falta de constancia

Los niños muy pequeños y los de edad preescolar no cuentan con todas las capacidades intelectuales y desarrollo de la moral como para controlar absolutamente sus conductas y diferenciar el bien del mal; ni tampoco cuentan con la capacidad empática de un adulto o la posibilidad de anticipar el daño que pueden causar a otros con sus acciones. Ellos necesitan de un entorno demarcado, con límites y reglas conocidas y estables que lo protejan a él y a los demás y para poder saber lo que se espera o no de sus conductas y sus acciones y así empezar a incorporar pautas de conductas aceptadas en la sociedad. También necesitan aprender a tolerar la frustración y eso implica darse cuenta de que no siempre podemos obtener lo que queremos en el momento en que lo deseamos y aprender a postergar o suprimir las satisfacciones.

Si nunca dices que no a tu hijo(a) cuando te pide algo en el supermercado, no das normas en casa (como “nadie se sube a saltar a los sillones”, “nadie le pega a otro hermanito” o cualquier otra) y no le muestras claramente al niño algo que te parece mal; entonces no podrá incorporar reglas a su comportamiento y se sentirá tan libre como desprotegido ante el medio y frente a sí mismo.

Un niño que se ha criado en un ambiente demasiado permisivo y sin límites será un adulto con dificultades en su vida social. Le resultará difícil adaptarse a sistemas restrictivos, le costará aceptar las normas y podría rebelarse y no querer acatarlas nunca, pudiendo llegar a problemas de relación y ambientación. Será poco tolerante a las frustraciones y no tendrá los recursos y la fuerza necesaria para enfrentarse a los obstáculos y adversidades de la vida.     

3.8. Autoritarismo y estrictez

Así como los niños necesitan límites y reglas conocidas y estables, también requieren de un ambiente flexible y adaptado a su crecimiento y evolución para aprender a pensar y decidir por sí mismo y para ensayar nuevos patrones de conducta y nuevas formas de hacer las cosas, junto con la posibilidad de explorar y aprender de los resultados de sus acciones.

Si no das a tu hijo(a) la oportunidad de no saludar a un familiar que no le agrada, no aprenderá a ser autónomo y a validar sus sentimientos y si no permites a tu hijo(a) decirte su desacuerdo y tomar sus propias decisiones, no aprenderá a ser independiente y a confiar en sí mismo. En cambio, podría aprender a acatar en forma ciega a la autoridad y quedaría peligrosamente expuesto a cualquier adulto desconsiderado. Será un niño aparentemente sumiso, pero guardará por dentro resentimiento y rabia, sentimientos que pueden perjudicar su adaptación, sus relaciones sociales y su propia imagen.

Un niño criado en un medio estricto y autoritario, que ha aprendido a actuar bajo el control externo; será un adulto dependiente, poco autónomo, que probablemente esperará que le digan lo que debe hacer antes de pensar por él mismo o tomar la iniciativa en sus acciones. Tendrá problemas para relacionarse con autoridades (su jefe, las leyes) y obedecerá con rabia o se revelará en forma imperceptible, sin que otros o ni siquiera él mismo se den cuenta. Le resultará difícil alcanzar la capacidad de autocontrol y de determinar su conducta desde sus propias necesidades o sentimientos.     

3.9. "Profecía autocumplida" negativa

Los padres se crean expectativas de sus hijos y se hacen “ilusiones” desde incluso antes de que nazcan: “Será alto y delgado”, “tendrá los ojos como su mamá”, “será más inteligente que su abuelo”, “no tendrá el mal genio de su padre”. Conforme el niño(a) crece algunas de estas creencias se van confirmando (en la realidad o en la fantasía) hasta llegar un momento en que alguna se da por segura y definitiva; pero en un momento de la vida del niño en que nada es definitivo, porque él(ella) se está aún desarrollando. A esta convicción de una característica de los hijos la llamamos “profecía autocumplida”.

Creer algo y soñar no tiene nada de malo, mientras eso que crees es algo positivo para tu hijo(a). El peligro ocurre cuando tus expectativas son negativas, porque las expectativas casi siempre se cumplen. Esto sucede porque lo que creemos se nos hace tan real que empezamos a comportarnos como si así fuera, sin lugar a dudas; y nuestro modo de comportarnos influye de manera profunda y determinante para provocar aquello que creíamos. Así, si tu crees que tu hijo(a) es “poco inteligente”, te comportarás con él(ella) como si realmente fuera “poco inteligente” y harás que él(ella) se sienta así, actúe así y finalmente sea “poco inteligente”. Sin duda, las profecías autocumplidas pueden ser enormemente devastadoras en la personalidad y concepto de sí mismo de un adulto.     

4. LO QUE LES HACE BIEN Y LOS AYUDA A CRECER SANAMENTE

4.1. Amor y aceptación incondicional

Tú puedes satisfacer la profunda necesidad de tu hijo(a) de sentirse importante, aceptado(a) y amado(a) si tan solo eres un padre o madre amoroso que no tiene temor de comunicar y expresar sus sentimientos. No hay nada más importante que un padre o madre deban hacer, que derribar cualquier barrera personal que les impida hacer esto; porque hay un inmenso y secreto poder en un simple beso y abrazo, sea cual sea la edad de tu hijo(a). Si lo descubres, notarás que ese gesto te da mejores resultados en la relación con tu hijo(a) que todas las conversaciones, ejemplos y disciplinas juntas.

Además de la manifestación concreta de amor, los niños necesitan otras cosas para sentirse amados. Para un niño el amor también significa T-I-E-M-P-O y atención; significa tener la certeza de que no lo has dejado de amar cuando ha hecho algo “malo”, significa ser considerado dentro del grupo familiar y significa sentir que es para ti alguien muy especial y que ocupa un lugar importante en tu vida.


   Sugerencias:
  • Dile cuánto lo amas
  • Acarícialo(a) y abrázalo(a)
  • Explícale por qué es único(a) y especial
  • Hazle sentir tu amor incondicional
  • Perdónalo(a)
  • Reconoce más sus valores que sus actuaciones
  • Juega con él(ella)

4.2 Revërie y traducción acertada

El niño pequeño no tiene el lenguaje ni la capacidad para ponerle nombre a lo que siente y necesita que tú le enseñes. Cuando es bebé, le traduces su sentimiento y lo liberas de la angustia cuando le das justo aquello que necesitaba y no otra cosa: alimento si llora de hambre y abrigo si llora de frío. Al crecer, siente miedo o rabia y no sabe nombrarla; tu le ayudas a ser consciente de su sentir cuando le traduces verbalmente y en voz alta lo que debe estar sintiendo en ese momento.

Esto es un tema complicado, porque a nosotros mismos nos resulta difícil saber lo que estamos sintiendo y más aún lo que sienten otros. Sería más fácil si nos hubieran ayudado desde pequeños, pero estos temas han cobrado importancia sólo en los últimos tiempos. Si nuestros hijos lo aprenden de pequeños, cuando adultos les será más fácil hacerlo también con sus hijos. Sin embargo, tú puedes disponerte a estar más atento a tu interior y puedes aprender a ver las cosas a través de los ojos de tus hijos y a traducirles en forma acertada lo que ellos sienten.    

           


   Sugerencias:
  • Antes de dar “solución” al llanto de tu bebé, procura estar seguro de su necesidad para satisfacerla acertadamente
  • Cuando percibas una emoción en tu hijo(a) pequeño(a), nómbrasela en voz alta
  • Cuando percibas una emoción o sentimiento negativo en tu hijo(a) (rabia, temor, vergüenza), tradúceselo y además dile qué probablemente lo causó
  • Procura que tus acciones sean consecuentes con los sentimientos de tus hijos (consolarlo si tiene pena, protegerlo si tiene miedo)
  • Aprovecha cualquier oportunidad para conversar con tu hijo(a) sobre los sentimientos

                       

4.3. Soltar y dejar crecer

Uno de tus grandes objetivos que tienes como padre o madre es darle a tu hijo(a) la oportunidad de crecer libremente y de llegar a sentir que es capaz de hacer las cosas por sí mismo(a) y de alcanzar la individualidad que implica ser distinto(a) a ti. Eso implica darle permiso para diferenciarse y opinar distinto; para poner a prueba sus capacidades y aprender de sus errores y para independizarse y escoger su propio camino en la vida.

Estos objetivos no se alcanzan en la edad adulta, sino que se van conquistando en cada paso de su proceso de desarrollo. Su deseo natural de hacer todo bien le permite cultivar su sentido de ser competente y aprende a identificar sus fortalezas y debilidades y a tener una imagen de sí mismo positiva y esperanzada. En este proceso, es primordial que llegue a sentir que confías en él(ella) y que estás de acuerdo con sus logros y avances.    


   Sugerencias:
  • Atiende a las claves de crecimiento de tu hijo(a) y “suéltalo(a)”
  • No lo(la) hagas sentir culpable por “dejarte” o por “querer crecer”
  • Confía en su capacidad para triunfar, sea que sea lo que emprenda
  • Dile que confías en él(ella)
  • Dale permiso para cometer errores                                               
  • Aprende a callar los comentarios negativos y no lo(a) desanimes con tus críticas
  • Si falla, anímalo(a) a seguir adelante para completar la tarea, pero no lo(la) obligues si no quiere
  • Ayúdalo(a) si te lo pide, pero no le impongas tus reglas y tus ritmos
  • Alaba sus logros y avances
  • Acepta sus limitaciones y no lo(a) condenes por ellas
  • Valora sus fortalezas

4.4. Refugio y recibimiento permanente

Cuando sueltes a tu hijo(a) verás que realmente “se va”; pero verás también que pronto vuelve. Tu hijo(a) que gatea, recorre el salón y regresa a tus faldas; tu hijo(a) de dos años explora el parque y se voltea para ver si todavía lo cuidas; tu hijo(a) de tres años te deja para jugar solo(a) en el supermercado, pero si se pierde llora y tu hijo(a) de seis años te dirá a veces “no puedo, ayúdame”. Son así, se acercan y se alejan, te rechazan y te buscan. Es porque son cambiantes y están probándose; y así como tu hijo(a) necesita que lo sueltes, también necesita que estés allí a su regreso.

Los niños tienen la necesidad de pertenecer a una familia protectora, con personas que lo consuelen y lo apoyen cuando las cosas salen mal o cuando se cansan de la novedad. Tu puedes ofrecer consuelo y apoyo a tu hijo(a) siendo sensible a sus necesidades y “estando” SIEMPRE a su disposición. Así cuando vuelva a ti y busque tu protección aprenderá que tú y el mundo son seguros y confiables e incorporará sentimientos positivos y esperanzadores.   


   Sugerencias:
  • Dale permiso para ser pequeño(a) o no querer crecer
  • No le hagas sentir que esperas más de lo que él(ella) se atreve a dar
  • No le  exijas más de lo que quiere o puede dar
  • Trátalo(a) como si fuera más pequeño(a) de lo que es cuando sientas que lo necesita
  • Protégelo(a) “del mundo” y de sí mismo
  • No te “enojes” porque te “ha dejado” o porque “quiso crecer”
  • No guardes resentimiento ni juegues al “ahora yo no quiero”
  • Acógelo(a) cuando se sienta decepcionado(a) de su libertad
  • Intenta no depender de tu ánimo y tiempo para “estar allí”, sino de sus requerimientos

4.5. Constancia y estabilidad

Con toda seguridad, el ambiente que brindas a tu hijo(a) cuenta con algunas rutinas y constantes que le dan al niño un orden y estructura. Pero además de las actividades que realiza en el día, los horarios y hábitos, necesita tu constancia. Eso quiere decir que necesita que seas más o menos el mismo(a) siempre y que tus cambios sean más o menos predecibles para él(ella). De ese modo puede sentirse seguro y confiado del medio y de sí mismo.

Tú puedes procurar que el ambiente del niño cuente con cierta estabilidad, haciendo que sienta que todo lo bueno que le das no corre peligro de desaparecer en cualquier momento. El necesita sentir que el hogar y la familia y, especialmente sus padres, perduran en el tiempo y no se “pierden” por situación o acción alguna.     

           


   Sugerencias:
  • Mantén aunque sea un mínimo de rutinas, reglas y hábitos en forma permanente
  • Despídete de tu hijo(a) siempre que salgas, sin importar que tenga sólo unos meses de edad
  • Nunca le hagas creer ni sentir que te perdió, ni siquiera jugando
  • En tu forma de ser, intenta no ser demasiado vulnerable al cansancio, al clima y a otras circunstancias naturales
  • Procura reaccionar más o menos parecido frente a conductas similares de tu hijo(a)

4.6. Disciplina amorosa

Tu hijo(a) necesita reglas claras y límites consistentes, pero también necesita tener el espacio para ser autónomo y que le des la oportunidad de incorporar las reglas e internalizar las buenas conductas. Eso sólo se logra cuando consigues brindarle un equilibrio entre la libertad y los límites y entre la autoridad del padre y la intimidad del amigo. Esto significa saber cuándo decir SI y cuando decir NO y mantener una autoridad flexible y significa ser acogedor, saber escuchar y saber perdonar y pedir perdón.

Para lograr que tu hijo(a) crezca “derechito” -como los arbolitos con guía- y conseguir disciplina sin dañar la relación con él(ella), es necesario que le hagas sentir que el educarlo(a) es una consecuencia natural del amarlo(a). Eso implica que el amor que le tienes es más importante y primero que cualquier otra cosa y que lo educas porque lo amas. Tú puedes ayudar a tu hijo(a) a comenzar a ejercer autocontrol en sus acciones y en su vida, si fomentas su toma de decisiones, su solución personal a los problemas, su capacidad de tolerar las frustraciones y su capacidad de postergar las satisfacciones.    


   Sugerencias:
  • Bríndale mayor atención cuando hacen algo bueno
  • Trata de “pescar” a tu hijo(a) haciendo algo bien para reforzar en él(ella) la buena conducta
  • Cuando disciplines, se consecuente en tu accionar
  • Indaga bien las situaciones, en vez de anticiparte a juzgar
  • Si debes hacer justicia, sé justo(a)         
  • Dale el tiempo para comprender las consecuencias y arrepentirse
  • Si te equivocas, pide perdón
  • Perdona sus faltas                                                                      
  • Olvida los errores del pasado
  • Deja que tome sus propias decisiones, según su edad y desarrollo
  • Anímalo a resolver solo sus problemas y no le des siempre anticipadamente la solución
  • Dile a veces que NO a sus peticiones de deseo, pero satisface siempre sus necesidades
  • En ocasiones y, según sus nivel de desarrollo, demora la satisfacción de alguna necesidad
  • Algunas veces, déjalo(a) perder

4.7. Unidad y complemento de los padres

Cada padre (madre) en su individualidad tiene su propia forma de pensar, sus creencias y su parecer respecto a cómo se debe actuar con los niños y la forma de disciplinarlos. Esto, sumado a los problemas de relación que muchas parejas tienen, hace difícil llegar a tener consistencia y acuerdos dentro de la pareja parental.

La unidad entre los padres no quiere decir que ellos sean siempre un solo bloque frente al niño ni que le hagan sentir indefenso y disminuido ante ellos, sino más bien que se apoyen y se validen el uno al otro en sus acciones con respecto a los niños. Cada padre(madre) puede aportar a su hijo(a) un modo de ver al mundo particular y ser modelo de ciertas conductas y características; brindando al niño un más amplio espectro de formas de ser y relacionarse. Sin embargo, en lo que respecta a las normas no pueden estar en desacuerdo y actuar contradiciéndose, porque eso sólo trae por resultado la confusión.

Es necesario que converses con tu pareja, que se conozcan y asuman sus diferencias. Es preciso que se acepten y respeten, que entablen una relación abierta y franca entre ustedes y que lleguen a acuerdos que den al niño(a) seguridad y claridad. Si conoces a tu pareja y él(ella) te conoce a ti, te resultará más fácil ayudarlo(a), comprenderlo(a) y llegar a suplir cualquiera de sus debilidades en su trato con los niños, de igual manera que él (ella) contigo.     


   Sugerencias:
  • Se transparente y sincero(a) en tu forma de ser, con tu pareja y con tu hijo(a)
  • Conversa de “lo que harán si...” antes que eso suceda
  • Descubre con tu pareja las debilidades que tienen y apóyense el uno al otro para suplirlas o mejorarlas                                             
  • Aparta a tu hijo(a) de tus problemas de pareja
  • Valida cualquier decisión de tu pareja con respecto al niño y no lo descalifiques nunca en su presencia
  • Demuestra concretamente al niño que tu pareja tiene tanta autoridad como tú frente a él(ella)
  • Resuelve las diferencias a solas
  • Si definitivamente hay áreas de diferencias evidentes, se honesto(a) con tu hijo(a) y consistente en asumirlas permanentemente

4.8. Empatía y expresión afectiva

Si bien la Empatía (darse cuenta de lo que el otro siente) y la Expresión Afectiva (expresar nuestras emociones y sentimientos) son capacidades innatas en todos los seres humanos, el llegar a un mejor manejo de ellas es un proceso que en realidad nunca acaba en nuestras vidas. El niño pequeño está aprendiendo acerca de sí mismo y los otros y muchas veces no cuenta con los recursos necesarios para saber lo que él está sintiendo o lo que el otro siente. Por esta razón comprender a otro y expresar sus sentimientos, son tareas bastante difíciles para él.

Tu hijo(a) puede insistir una y otra vez en jugar a las cosquillas cuando llegas a casa sin haber descifrado las claves no verbales que demuestran tu cansancio. Así también puede decirte “nunca juegas conmigo” cuando en realidad lo que quiere decirte es “necesito que pases más tiempo conmigo”. El(ella) necesita tiempo y ayuda para ser cada vez más eficiente en su capacidad de empatizar y de comunicar sus sentimientos.

La forma en que tú puedes enseñarle y modelar estas conductas es mostrándote empático y comprensivo y siendo capaz de reflejar y expresar tus propios sentimientos. Tu hijo se enriquecerá mucho de tus manifestaciones amorosas e incluso de tus enojos si con ellos aprende que las personas tienen derecho a sentir lo que quieran y que esos sentimientos tienen nombre, y pueden ser identificados y comunicados sin que algo malo pase.     


   Sugerencias:
  • Permanece atento(a) a lo que dice tu hijo(a) y observa lo que hace
  • Procura también captar qué sentimientos y necesidades reflejan esas palabras y acciones
  • “Tradúcele” sus propias emociones y sentimientos; sus estados de ánimo, sus deseos y sus necesidades
  • Cuando se exprese, se comprensivo(a) y tolerante
  • En tus acciones, se consecuente con esa comprensión
  • Acepta sus emociones y sentimientos. No lo critiques, lo culpes o se los prohibas
  • Se claro en tos expresiones y en tus gestos no verbales
  • Si te es posible, explícale lo que te producido tus sentimientos y emociones
  • Cuando puedas, ayúdalo a asociar los gestos y posturas con sus sentimientos y emociones

4.9. Comunicación adecuada

Se podría decir que la comunicación es la base de la armonía familiar; porque en una familia cuyos miembros se comunican, habrá tal acogida y comprensión que nadie se sentirá solo, rechazado o poco importante. Por el contrario, cada integrante se sabrá amado, aceptado y valioso.

La comunicación adecuada permite la libre expresión de las personas y genera oportunidades para conocerse y comprenderse. Cuando tu hijo(a) se acerca y puede decirte “no quiero ponerme esos pantalones”, se está sintiendo libre para expresarse y cuando tu lo escuchas reafirma su valor y la confianza en su propio ser. Lo mismo ocurre cuando ves a tu hijo(a) triste y lo(la) motivas a hablarte porque sentirá que le importas y si además te abres a escucharlo(a) con atención, sentirá tu compañía y apoyo.

Cada día, en todas las interacciones habituales, se pueden cerrar o abrir las puertas de la comunicación, aunque generalmente en forma inadvertida. Si tu hijo(a) te cuenta un chiste y estás pensando en otra cosa, le estás diciendo que no es importante para ti. Al cabo de un tiempo de frustrados intentos, aprenderá que no es una buena idea contarte sus chistes y si eso pasa en varios ámbitos distintos, tendrás un hijo que no te considera y que te siente lejano. Tú podrías pensar que eso cambiará cuando crezca, pero en realidad, si no cultivas el vínculo desde que es pequeño(a), cuando sea un adolescente y tu quieras que te cuente sus cosas, él(ella) te rechazará.     


   Sugerencias:
  • Permanece siempre abierto(a) y dispuesto(a) para escuchar a tu hijo(a)
  • Cuando tu hijo(a) te hable, ponle atención sin importar lo que diga
  • Refleja tu interés y procura no interrumpirlo(a)
  • A su nivel, háblale de tus cosas; pero no exageres “traspasándole tus cargas”
  • Según su edad, pregúntale su parecer en algunas cosas importantes
  • Busca un espacio especial para compartir en familia (todos juntos)
  • Cultiva momentos de intimidad con cada uno de tus hijos (a solas con él o ella)

 

Los niños y adolescentes necesitan límites claros, con sentido y adecuados a su edad y características personales para sentirse protegidos y por sobretodo, amados. Por el contrario, el relajo en las normas son leídas por ellos como despreocupación y falta de amor.

Lunes, 05 de Septiembre de 2011 01:46

Dale peso y valor a tu palabra delante de tus hijos

Mentir a tus hijos o que te escuchen mentir, amenazarlos con algo que no cumplirás, hacerles falsas promesas o mencionar simples planes de los que luego te desdices; perjudica la forma en que tu hijo te ve, la confianza que te tiene y te resta autoridad. Más bien, asegúrate de darle valor a tu palabra siempre cumpliendo lo que dices y mostrando rectitud en cada situación.

Lunes, 05 de Septiembre de 2011 01:46

Cultiva el lenguaje emocional en tus hijos(as)

Las emociones y sentimientos son una parte muy relevante del mundo que los niños(as) deben reconocer y aprender a denominar. Este aprendizaje requiere de la capacidad de los padres para percibir e identificar las emociones del niño(a) y transmitirles la lectura correcta. Tu puedes cultivar el lenguaje emocional desde muy temprano, siendo observador activo de las sensaciones y sentimientos que experimenta tu hijo(a) y verbalizando su nombre para que él (ella) relacione sus sensaciones corporales con la palabra precisa: “este ruido te asustó”, “tienes celos de tu hermanito”, “sé que te enoja cuando no te dejo hacer esto”; etc.

Lunes, 05 de Septiembre de 2011 01:45

Enseña a tus hijos a través de tus propias acciones

Los niños aprenden más acerca de lo que ven, que acerca de lo que escuchan. Están captando permanentemente lo que hacemos, tanto para bien como para mal. Por eso, si quieres enseñar algo a tu hijo, demuéstraselo con el ejemplo y evita hacer tu mismo(a) lo que no quieras que aprenda.

Lunes, 05 de Septiembre de 2011 01:45

Cultiva el tiempo personal con cada uno de tus hijos

Las relaciones íntimas solo se dan entre dos personas; por esta razón se requiere tiempo a solas con cada hijo. Cuando son pequeños, esos preciados espacios de cercanía, nos permiten cultivar el amor y los lazos de seguridad. En la edad media, son la oportunidad perfecta para que nos conozcan y los formemos con nuestras conductas y ejemplos. Cuando son mayores, los momentos casuales de intimidad, nos dan la posibilidad de conocerlos más, saber en qué momento particular están y si tiene temores o desafíos que enfrentar.

Utiliza una silla de seguridad desde su nacimiento y hasta que alcance los 36 kilos de peso.
Busca asesoría para escoger la silla más adecuada de acuerdo a su peso.
Después de los 36 kilos de peso, siéntalo atrás y utiliza el cinturón del vehículo.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:17

SER PADRE (O MADRE) DE UN HIJO CON QUIEN NO VIVO

La experiencia de no vivir con un hijo(a) puede ser vivida de muy diversas formas, de acuerdo al deseo o elección de haber sido padre o madre, de acuerdo al tipo de relación existente con el hijo(a) y cuánto se ha compartido con él (ella); de acuerdo a la madurez o sentido que se tenga de la vida; de acuerdo a la experiencia con sus padres y con las propias características de personalidad.

Para algunos ha sido una elección y, para otros, es un evento forzoso. Tiene sus ventajas y desventajas. El padre (madre) que no vive con su hijo, puede estar más libre en tiempo y espacio mental para desarrollar otros roles o proyectos de su vida; puede estar aliviado de las presiones cotidianas y de los problemas o las demandas específicas. Pero se pierde de conocerlo, de aprender de ese hijo(a), de madurar en el ciclo de la vida y de la satisfacción incomparable de ser un padre o madre involucrado con el crecimiento de su hijo(a).

Para los padres que no lo han decidido voluntariamente y extrañan la cercanía con sus hijos, puede ser muy doloroso y difícil, sobrellevar la distancia. Es especialmente complejo trasmitir cercanía, comprensión, valores, disciplina, así como darse a conocer como persona, en éstas condiciones.

Muchas veces, empeora el cuadro, una mala relación entre los padres, quienes pueden tender a trasmitir ideas negativas del otro progenitor. Esto trae mucho sufrimiento a los niños, los que quedan atrapados en una inconsciente necesidad de ser leales con ambos padres.

El padre que no vive con su hijo(a) puede llegar a ser el más idealizado, enganchándole todas las cualidades de quien es imaginariamente perfecto porque no se le conoce en profundidad para ver sus defectos; o bien, ser el más aborrecido, porque se adosa a él (ella), toda la suma de las frustraciones por lo que no se tiene o sale mal. Este padre o madre, tendrá el desafío de equilibrar, rehacer, reconstruir su imagen y/o volverla realista.

Los niños crecen y para bien o para mal de sus padres, tanto del que vive con ellos, como del que no, se formarán una imagen propia de ambos. El buen manejo de los padres maduros, pueden evitar mucho dolor en la infancia.

Para establecer una relación cercana con el hijo con quien no se vive, es necesario tener tiempo, que si bien no pueda ser en cantidad, debe ser de calidad. Pero evitando confundir calidad con tiempo de diversión. No equilibra nada el plan de salir permanentemente y hacer sólo cosas muy divertidas, porque esto únicamente asocia el vínculo a los momentos alegres y livianos de la vida. El padre o madre que no vive con su hijo, debe hacer que el tiempo en que están juntos sea variado y aporte todo lo necesario para el crecimiento y madurez de su hijo(a). Eso incluye la diversión, pero también momentos de profunda conversación, de disciplina, de límites, de aburrimiento y de mostrarse tal como se es: a veces alegre, enojado, cansado, etc.; sin la careta de “todo está bien”.

Es necesario no dejarse vencer por la sensación de lejanía que produce la distancia y las dificultades que ella conlleva, perseverando en todos los medios de comunicación posibles: messenger, cartas, teléfono, facebook. El padre debe estar allí para su hijo(a), involucrándose diariamente en la vida de él (ella). Finalmente, será la suma de esos pequeños momentos los que construyan la relación sólida y efectiva que los niños y sus padres necesitan.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:16

COMPRENDIENDO Y AMANDO A MI ADOLESCENTE

Parece haber una brecha demasiado grande entre ese bebé que un día sostienen los padres en sus brazos mientras los mira dulcemente y ese adolescente que en el presente los aleja y los observa, furioso y desafiante. Ciertamente, parece que las características de los adolescentes dificultan el mirarlos con mayor ternura. Parecen huraños, agresivos, irritables, cambiantes, inestables, impredecibles… Totalmente lo opuesto de esos bebés que únicamente necesitan y buscan. A los padres no les parece fácil comprender a su adolescente y, mucho menos, saber cómo relacionarse con él (ella).

Lo que no resulta evidente, es que ese(a) adolescente “difícil” guarda en su interior tremendos dolores y tiene enormes necesidades. La etapa adolescente implica cambios físicos, hormonales, psicológicos y sociales tan trascendentes, que esta etapa resulta para ellos especialmente abrumadora. Tienen un cuerpo que cambia y desconocen, pero del que no se pueden deshacer; tienen las hormonas a mil, de modo que sienten que sus emociones se desbordan, como si entraran en un remolino de subidas y bajadas abruptas; deben concluir su sentido de identidad y despedirse del viejo niño(a) para comenzar a formar parte de este nuevo mundo adulto, con mas exigencias y responsabilidades; y tienen la presión incesante de su propia necesidad de ser aceptados y valorados por su grupo de pares, con todos los miedos y desafíos que esto implica. Todo esto conlleva un desafío inmenso para su cerebro, que está además realizando una prolija e intrincada labor de reconexiones neuronales antes de alcanzar la madurez definitiva.

Los padres pueden creer que sus hijos, que ya se ven grandes y fuertes, están listos para ser adultos y quizás esperen de ellos responsabilidad, coherencia, consistencia y comprensión; pero, en realidad, las muchas tareas pendientes y en proceso, inevitablemente los hacen ser como son. Les cuesta lidiar con ellos mismos, con el mundo y con aquellos padres a los que además deben abandonar como figura de amor y referente, para llegar a ser independientes. No pueden dejar de ser egocéntricos, temerarios y desafiantes. Está en su naturaleza. No es lo que quieren, es lo que pueden. Han adquirido mucho, pero les falta aún demasiado para ser adultos y responder como tales.

Los padres de adolescentes necesitan recordar que esos chicos “grandes” son por dentro semejantes a los bebés que recibieron un día. Necesitan poder leer lo que está detrás de su mal humor o de sus portazos, así como antes hubo que interpretar sus llantos. Detrás de un rechazo, quizás se encuentre una necesidad ambivalente: “te necesito pero no quiero que vengas”, “aléjate cuidándome”, “cuídame de lejos”. Detrás de una rabieta, puede esconderse la presión que los agobia, sus frustraciones, sus temores.

Un padre o una madre de un adolescente, necesita saber que este periodo difícil pasará y requiere de una paciencia estoica. Puede resultar hasta más desafiante y agotador que cuidar de un recién nacido; pero el resultado será maravilloso cuando la tormenta se calme.

Usted esta aquí: Home Temas de Interés Carla Vivanco
Back to Top

El Trovador 4280 of 1101, Las Condes, Santiago (a pasos del Metro Escuela Militar). Email: carlavivanco@padrescreciendo.cl
Copyright © 2011 Padres Creciendo. Todos los derechos reservados.
Se autoriza su reproducción, mencionando la fuente.