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Carla Vivanco

Carla Vivanco

Directora Fundadora

Magister en Psicología Clínica Universidad del Desarrollo, 2008.
Psicóloga Clínica, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1994.
Ejerce como Psicóloga Clínica en:

Consulta privada
Psicodiagnóstico y atención psicoterapéutica individual a adultos y adolescentes.
Asesoría clínica a padres y madres.

Charlas y Talleres psicoeducativos
Orientados a padres de niños preescolares, escolares y adolescentes realizadas en jardines infantiles, colegios, iglesias cristianas y otras instituciones.

Atención a Domicilio
Evaluaciones a niños y su sistema familiar, intervenciones de manejo y tratamiento Psicoterapéutico enfocado a los padres.

URL del sitio web:

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:15

LA LLEGADA DE UN HERMANO

Todos los padres saben que al encanto de recibir un nuevo hijo en la familia, se le agrega la preocupación del recibimiento del nuevo bebé de parte del hermano o de los hermanos que lo anteceden. Los padres nunca saben bien cómo va a ser ese encuentro, pero han escuchado tantas cosas terribles que el temor se acentúa. Se sabe de historias de niños que vuelven a chupar chupete, a mojar la ropa y la cama, se vuelven demandantes, etc. Nada de esto es errado; sin embargo, es necesario tener una mayor comprensión del proceso que viven y cómo ayudarlos a superarlo.

Los niños tienen un pensamiento concreto que no les permite comprender a cabalidad conceptos abstractos como el amor. Para ellos amor es tiempo, atención, demostraciones de afecto específicas. En su mente concreta, cuando viene un hermanito, se llevará parte del tiempo, la atención y las demostraciones de afecto. No comprenden que el amor no tiene límites y que aunque aquello que temen efectivamente suceda, no implica menos amor para ellos. Por tanto, para los niños es muy difícil aceptar que los padres serán compartidos y tienen mucho miedo de perder el amor de sus padres. Ellos deben enfrentar un duelo por la pérdida de todos sus privilegios: ya no ser más el único hijo o el único hombre (o mujer), ya no ser todo el centro de atención y cariño, deber compartir el tiempo y el espacio con su hermano(a).

Es aún más difícil para los hijos únicos porque han vivido antes solos con los padres. Los segundos hermanos llegan a una familia donde ya estaban los padres con un hijo y pueden enfrentar un poco mejor la llegada de los siguientes hermanos.

Es central que los padres comprendan esto, para que puedan ayudar a su hijo a minimizar sus temores. Porque con mucha comprensión y apoyo, es más fácil que lo superen.

La primera necesidad es preparar el camino adecuadamente. No basta con contarle al niño que tendrá pronto un hermanito y con hacerle comentarios que le entusiasmen, como que tendrá con quién jugar o compartir. Es necesario crear espacios, dependiendo de la edad del hijo, para que hable de sus ideas, de lo que se imagina o de lo que teme que pase. Resulta de gran ayuda hacerlos parte, sin presionar, de los preparativos para la llegada del hermano(a), en las compras, la decoración o cualquier asunto práctico que le permita dar un sentido personal a la bienvenida.

Está absolutamente contraindicado hacer cambios que lo involucren, justo antes de la llegada de su hermano. La idea es que si se comienza a enviar al jardín de infantes o se le hace dormir en un cuarto solo o se le cambia de cama o se empieza a entrenar para dejar los pañales o cualquier cambio semejante, se haga con la suficiente antelación, de modo que no los relacione con la llegada del bebé y lo viva como un desplazamiento o como un atentado a sus privilegios.

Una vez que el hermano(a) ha llegado, lo más importante es equilibrar el tiempo, la atención y los cuidados, para que el(los) hermano(s) mayor(es) no lo resienta(n). Esta no es una tarea en ningún sentido fácil, puesto que los recién nacidos, requieren mucha dedicación. Es ideal que los padres se complementen y busquen ayuda en caso de ser necesario. Es central cultivar tiempo a solas con los hijos anteriores y escucharlos atentamente en sus necesidades y temores. Es necesario que los padres pongan en palabras los sentimientos que intuyen de los hijos, dando una señal de que comprenden y que se harán cargo: “sé que me has visto muy ocupada dando alimento a tu hermanito y que eso te da pena y rabia porque estoy aquí en vez de estar contigo; yo te entiendo y es natural que te sientas así. En cuanto termine estaremos juntos y leeremos ese libro que tanto te gusta”. Estos mensajes ayudan a dar sentido y lectura a sus propias emociones, les hace sentir comprendidos y aceptados, disminuyendo la culpa que sienten por la rabia que tienen.

Los padres deben saber que es esperable que surjan sentimientos de dolor y rabia y también que es frecuente cierto retroceso en el nivel de desarrollo ya alcanzado; lo que muchas veces se relaciona con estrategias que desarrollan para obtener más tiempo y atención. En la mayoría de los casos, se supera al pasar el tiempo y no requiere un manejo especial.

No conviene presionar a los niños a “superar” rápido su dolor o malestar o retroceso, ni forzar sus sentimientos ni sus actitudes; pero sí se debe poner límites claros sobre lo que no deben hacer aún cuando estén muy enojados. Son los padres los encargados de resguardar el bienestar físico y emocional tanto de los nuevos bebés, como de los niños mayores, evitando que lastimen o se lastimen por celos o envidia. La comprensión y la paciencia de los padres, así como su sabiduría en cada situación particular, es central para que este momento complejo sea más fácilmente superado.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:13

EL ESTRES EN LOS NIÑOS SE PUEDE EVITAR

Es frecuente escuchar acerca del estrés en los adultos, como un mal de nuestros tiempos. Muchos ya saben que estar frecuentemente cansado, padecer de dolores de cabeza, tensión muscular, dificultades para dormir, nerviosismo, trastornos estomacales, etc. son algunos de los síntomas de este invitado indeseable llamado estrés.

La ajetreada vida de hoy nos lleva a vivir contra el reloj, correr para hacer las tareas del trabajo que están permanentemente atrasadas y tener poco tiempo para descansar y recrearnos. Una serie de malos hábitos agravan la situación: se acostumbra llevar trabajo pendiente o preocupaciones laborales al hogar, las jornadas laborales son extremadamente largas, se opina mal del que cumple su trabajo y se retira a casa más temprano y se cree que el más trabajador es el que se queda hasta más tarde en la oficina.

No descansar lo suficiente y pasar mucho tiempo en situaciones de tensión, sobrecarga nuestro sistema de alerta y nos produce un estado de malestar permanente que conduce al estrés. Esta apremiante forma de vivir de la mayoría de los chilenos, junto con la mala calidad del aire y factores climáticos como la escasez de luz de varios meses, nos ha llevado a ser uno de los países con más alto índice de enfermedades mentales del mundo. [1]

La vida moderna también afecta a los jóvenes y los niños. Los más pequeños deben dar una “entrevista” en los colegios para incorporarse a prekinder, que aunque no tienen claro lo que implica, suelen ser inquietados por sus padres, que sí tienen claro lo que significa. Después, la presión de mantener las notas altas; pasar la mayor parte del día en el colegio y el resto de la tarde en actividades deportivas, dejando escaso tiempo para jugar; e incluso muchas veces tener que aprender un segundo idioma o cultivar algún talento, puede presionarlos. En la enseñanza media, a las dificultades propias de esta etapa de la vida, se suman las presiones por la PSU y la elección de carrera. La etapa universitaria es también una etapa desafiante, con mucho estudio por el buen nivel general de nuestra educación, sumado muchas veces, en un gran porcentaje de jóvenes, a la necesidad de trabajar algunas horas para financiar sus estudios. Posteriormente, este joven universitario o técnico, encuentra muchas trabas en el mundo laboral para encontrar su primer trabajo, con muchas ofertas que requieren “experiencia previa” de incluso dos años. Y aquí, se agregan al campo laboral, con muchas horas de trabajo que cumplir y pocas horas para descansar y disfrutar de la vida familiar y personal, del mismo modo que la mayoría de los adultos.

Si quisiéramos romper este ciclo desastroso, tendríamos que partir por asumir que los jóvenes y los niños aprenden lo que ven. Las actitudes y forma de vivir estresante se modelan. Ellos nos observan corriendo todo el día, siempre apurados y agotados. Nos escuchan quejarnos del trabajo agobiante, de la rutina aburrida y de las muchas obligaciones y tareas pendientes. Muchas veces se sienten postergados porque el trabajo apremia y el cansancio no nos permite estar más disponibles.

Necesitamos cambiar el esquema y mostrarles un ejemplo de vida más saludable, que modele la búsqueda de la salud mental y el equilibrio. Eso implica que deben vernos reír, cultivar la alegría y el buen humor en casa; disfrutar del aire libre y la naturaleza; tomarnos las vacaciones y los fines de semana como descanso sagrado, que trasmita la idea de valor y de recompensa merecida y no de culpa o angustia por que no estamos haciendo; destinar tiempo a actividades placenteras y aficiones individuales; dedicando un tiempo adecuado al sueño y el descanso; practicando actividades de recreación solos y en familia; apartando tiempo semanal a actividades deportivas y practicando costumbres saludables en la alimentación. Si ellos nos observan vivir nuestra vida de una manera saludable, aprenderán a vivir también de una manera saludable.

Necesitamos también disminuir las presiones innecesarias que ejercemos sobre ellos. Ayudarlos a encontrar un equilibrio entre sus deberes y el descanso. No es deseable que además de todo el esfuerzo intelectual que realizan durante la jornada escolar, lleguen a casa y sigan estudiando y haciendo tareas hasta que llega la hora de irse a dormir. Los niños necesitan jugar, es parte vital de su desarrollo. Si su rutina los está privando de este derecho, debemos revisar qué está mal; porque somos los adultos los llamados a resguardar su integridad, tanto evitándoles cualquier sobrecarga del ambiente, como impidiendo que aprendan de nosotros los malos hábitos que conducen al estrés.

[1]
Informe sobre la salud en el mundo: Salud mental, nuevos conocimientos y nuevas esperanzas; Organización Mundial de la Salud, 2001.

http://www.who.int/entity/whr/2001/en/whr01_es.pdf;
pag 38.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:12

EL PADRE O MADRE QUE TUS HIJOS NECESITAN

La psicología ha demostrado la importancia de la relación entre padres e hijos en el desarrollo emocional de los niños. Cada vez más estudios revelan las consecuencias positivas o negativas de estas interacciones; lo que significa que lo que haces o dejas de hacer con tus hijos es fundamental para su desarrollo y para la configuración de su personalidad adulta. Ellos conforman su imagen a través de lo que tú les dices: “eres muy inteligente”, “lo lograste”, “eres dulce”, “qué ordenado”; o bien, “no seas cargante”, “eres mañoso”, “siempre me estás molestando”, etc. Se miran en ti como en un espejo y lo que les reflejas lo incorporan como parte de su propia imagen.

En cualquier interacción estás influyendo en ese momento e instantáneamente en su proceso de desarrollo, en la conformación de sus características y en el repertorio de recuerdos y experiencias que adquiera; ya sea que les digas algo hiriente o comprendas una muda petición. Hay un momento para tomar una decisión, un segundo clave para darte cuenta de las consecuencias de tus acciones, en el cual puedes decidir el futuro... En realidad son miles de momentos cada día.

Tus hijos están en pleno proceso de formación. Están recién comenzando a crecer y les falta mucho por vivir, por aprender y por madurar. Su proceso de desarrollo está inconcluso y sus experiencias aún no están definidas; por lo que nada es irreversible en este momento. Este tiempo es ideal para tomar conciencia del poder que tienes como padre o madre, para bien o para mal, en la configuración de la personalidad de tus hijos y para asumir que estas decisiones son tarea tuya.

Tú tienes la madurez y los recursos emocionales e intelectuales necesarios para tomar cualquier decisión; puedes reflexionar lo que ellos no pueden y pensar más allá y por los dos. Tú puedes controlar tu conducta y tolerar la frustración más que ellos; puedes darte cuenta de lo que te está pasando y lo que están sintiendo ellos y tú. Puedes decidir hacer un cambio cuando sea necesario, para tu bien y el de tus hijos. Te corresponde a ti saberlos disciplinar, estar allí cuando lo necesiten, dar ejemplos de reconciliación y comprensión, enseñarles valores y ayudarlos a descubrir los planes de Dios para sus vidas.

Jehová dice que los hijos son su herencia y que El los estima (salmo 127:3). Por eso, debemos revisar nuestras actitudes y cuidar ese tesoro que el Señor nos ha encomendado en la tierra. Debemos buscar la forma de tener con ellos interacciones satisfactorias y asegurarnos de estar reflejándoles verdaderamente la imagen correcta, que les permita configurar una idea adecuada y realista de ellos mismos.

Lo puedes hacer, porque sin importar tu propia historia, tus limitaciones personales y los obstáculos que se te interpongan, con la ayuda del Señor, puedes ser el padre o madre que tus hijos necesitan.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:12

LA IMPORTANCIA DE LOS LIMITES

Con frecuencia habremos escuchado de nuestros padres comentarios acerca de la forma en que fueron educados. Probablemente habrás escuchado acerca de los no derechos que tenían: no podían hablar en la mesa, no podían reclamar si algo les parecía injusto, ni elegir dónde celebrar su cumpleaños, ni participar de alguna decisión importante para la familia. Jugaban con juguetes de madera, canicas y muñecas de porcelana, usaban pantalones cortos hasta los 12 años y no se metían en las cosas de “los grandes”.

En estos tiempos, nos pueden parecer curiosos e insólitos estos comentarios. Escuchamos a diario acerca de los derechos de los niños, el daño psicológico, los traumas que se les puede ocasionar. Se comenta que a los niños hay que “dejarlos ser”, que hay que respetarlos, darles espacio y evitar que se frustren.

Se agrega hoy una pesada carga: la agitada vida de los padres, las presiones económicas, el estrés. Los padres de hoy ven menos a sus hijos y están más agobiados y cansados en el tiempo que tienen para estar juntos. Con frecuencia se sienten desorientados, culpables, angustiados, e inseguros respecto de su rol de padre y madre.

El agobio de los padres y las ideas - muchas veces erróneas - que se trasmiten, puede llevar al extremo opuesto e incluso dañino de no estar formando a los hijos. Muchas veces no los regañan ni castigan para evitarles sufrimiento, para evitar conflictos en el poco tiempo juntos del que disponen y para no sentirse culpables.

Sin embargo, los niños necesitan límites y reglas. Son imprescindibles para su desarrollo, básicamente, por tres grandes razones.

La primera gran razón es que les da seguridad. Les permite sentirse protegidos para explorar, para probar e innovar. Les da el marco emocional y conductual donde pueden ir configurando su propio patrón de emociones y conductas. Esta razón es semejante a imaginar agua en un molde. En esta imagen el agua es contenida dentro en el recipiente y adopta su forma, se acomoda, se ajusta, se adapta a él. Del mismo modo los niños, son contenidos por las reglas de su hogar y se acomodan y ajustan a ellas. El agua sin recipiente se desparrama, el niño sin reglas se desorienta.

La segunda gran razón es que los límites y reglas le dan al niño la oportunidad de predecir las consecuencias de los sucesos y en base a ellas, determinar lo que es adecuado o no. Les permite aprender de la experiencia y modificar sus patrones a los más aceptables socialmente. Esta idea es semejante al valor que tienen las reglas de un partido de fútbol u otro evento deportivo. Si no estuviera delineada la cancha no se sabría cuándo marcar un penal o un saque lateral, los jugadores no sabrían a qué atenerse y deberían decidir qué hacer en cada oportunidad. Un partido sin reglas sería un caos, un hogar sin reglas resulta inmanejable.

La tercera razón y, quizá la más importante, es que las reglas y los límites hacen que los hijos se sientan amados, importantes y valiosos. Les transmite el mensaje de que están, existen y son valorados. Por el contrario, dejar que hagan siempre lo que quieren, les trasmite el mensaje oculto de que lo que hagan da igual, es decir, no importa, no cambia nada; lo que ellos interpretan como falta de amor.

Definir parámetros para sus vidas es parte de la tarea de disciplinarlos y disciplinarlos es educarlos. La tarea de disciplinar a los hijos no le corresponde al colegio, ni a los abuelos, ni a la nana, -aunque también deban hacerlo como parte de su rol-. La misión de disciplinar le corresponde fundamentalmente a los padres y es una responsabilidad ineludible.

Domingo, 04 de Septiembre de 2011 22:11

LA VERDADERA DISCIPLINA

La primera imagen que se nos viene a la mente cuando pensamos en la palabra “disciplinar”, es el castigo: si los mandamos a su dormitorio, si les gritamos, los dejamos sin ver televisión, les restringimos la mesada, etc. Tenemos incorporada la asociación espontánea de las distintas formas de castigo como la forma de disciplinar a nuestros hijos, sin saber que estamos muy lejos de comprender su verdadero y amplio significado.

Si buscamos en el diccionario la palabra “disciplina”, encontraremos algo así como “enseñar reglas y formas de comportamiento mediante continua repetición y ejercicios”. Se apunta a una persona disciplinada como una persona de cuya “obediencia no se duda” y del acto de disciplinar como “imponer, hacer guardar la disciplina”, o sea, el cumplimiento de las leyes y reglamentos.

Este uso sancionador y coercitivo del término es en realidad una malformación cultural, que tenemos fuertemente arraigada; pero que nos aparta del verdadero sentido de la educación. La palabra disciplina viene de “discípulo”, lo que equivale a discipular o “educar”. Educar, es un concepto mucho más amplio que cobra más sentido cuando pensamos en “formación”.

La verdadera disciplina tiene como propósito formar dentro del niño lo que llamamos conciencia. Esta es la autodisciplina, que lo hará escoger el camino mejor y correcto en cada paso de su vida, cuando esté solo, cuando otros no lo vigilen ni lo dirijan, y producirá en él respeto, paz y un fruto de rectitud y justicia.

La autodisciplina busca que el niño sea capaz de aprender a cuidarse y velar por su propia seguridad; que conozca sus propios sentimientos así como los de las demás personas; que sea capaz de responder lo mejor que pueda ante una gran variedad de estímulos, pensando, evaluando y decidiendo por sí mismo; que pueda moderar sus conductas y tener autocontrol sobre ellas; y que posea cierta capacidad de negociación que le permita ejercer alguna influencia positiva sobre la gente y su entorno. Esta es la formación que necesita para su vida.

La autodisciplina no se logra con un ejercicio castigador y restrictivo. Definir normas y reglas para el hogar y hacer que éstas se cumplan, es sólo parte del proceso. Decirle a un niño lo que tiene que hacer o no tiene que hacer, es sólo un medio para alcanzar el fin último de la autodisciplina. La idea es, enseñar algunos principios básicos y vitalmente importantes que el niño incorpore como propios, e ir paulatinamente retirando el control y dejando que él aplique estos principios por sí mismo en diferentes circunstancias de su vida.

Los padres necesitan discernir cuando el niño está preparado para nuevos desafíos, responsabilidades o privilegios y soltar más las riendas del control externo para permitir el desarrollo pleno de la disciplina interna. El ejercicio de la autodisciplina le da al niño la posibilidad de aprender de sus propias experiencias; le permite potenciar sus recursos y su fortaleza; le da la sensación de control sobre sus conductas y sentimiento de competencia. Si tiene éxito experimentará el triunfo y reforzará su autoconcepto y si fracasa aprenderá de sus errores, se levantará y robustecerá su fuerza interior. En ambos casos te tendrá a ti para compartir su alegría o su dolor y ambos casos le ayudarán a manejarse mejor en el mundo que está descubriendo.

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